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Por José Luis Arredondo A.

Uno de los títulos emblemáticos en la producción de su compositor Gaetano Donizetti (1797-1848), “El elixir de amor” -estrenada en 1832- es una obra referencial de la ópera bufa y el bel canto. Varios aspectos se combinan para que así suceda: se trata de una obra fresca y ágil, con un libreto sencillo pero muy expresivo; un conjunto de personajes arquetípicos pero dotados de gran humanidad y una partitura de belleza y riqueza melódicas de marca mayor, una perfecta simbiosis de comicidad y melodrama jocoso en su vena sentimental.
Donizetti supo imprimir al libreto de Felice Romani (1788-1865), en su más justa proporción, todos los ingredientes de una juvenil historia de amor y el marco de ingenuidad y autenticidad que ésta encierra. Nemorino, un joven e ingenuo aldeano, sufre de amor por la altanera Adina. La solución a su mal la trae el charlatán doctor Dulcamara, que provee al joven de un milagroso “elixir de amor”, que no es otra cosa que vino de burdeos. Con esta pócima se supone que Adina caerá rendida ante el joven en el plazo justo para que Dulcamara abandone la aldea antes de que se descubra lo fraudulento de su producto.
Para completar un triángulo amoroso entra a escena el sargento Belcore, arrogante conquistador que pretende hacer suya a Adina mientras está de paso con su regimiento por la aldea. Es entonces cuando una inesperada herencia convierte a Nemorino en adinerado de la noche a la mañana. Ante esta nueva situación, las aldeanas colman de atenciones al joven; Adina se pone celosa y se da cuenta que en realidad ama a Nemorino. Todos piensan que el elixir ha surtido efecto, Adina y Nemorino se juran amor, Dulcamara se marcha triunfante y Belcore prosigue su camino busca de nuevas conquistas. Happy end, propio de una comedia romántica.

La presente versión del Teatro Municipal de Santiago reúne varios méritos, partiendo por sus protagonistas. El tenor coreano Ji-Min Park entrega un Nemorino de gran expresividad y desplante escénico; en lo vocal, aborda con ímpetu el carácter juvenil y romántico del personaje, aunque este ímpetu por momentos resta a su canto la cuota de melancólica belleza que debe expresar la amorosa languidez que aqueja al joven aldeano.
La soprano norteamericana Jeniffer Black (Adina) transmite bien la altanería y arrogancia del rol, pero por volumen y brillantez vocal, sobre todo en unos “portentosos” agudos, se advierte lejana al estilo belcantista y a la línea melódica propiamente de Donizetti. El Dulcamara del baritono italiano Pietro Spagnoli resulta el trabajo más logrado de todo el montaje. El fogueado intérprete lo aborda con una pasmosa propiedad en lo escénico y vocal, y logra en su trabajo dar con los tonos justos y precisos para extraer de la partitura todo el estilo belcantista y cómico de la pieza. El Belcore del baritono finlandés Arttu Kataja saca adelante su rol sin demasiado brillo pero sin tropiezos. Gianetta (la mejor amiga de Adina) está encarnada por la soprano chilena Andrea Betancur, que luce segura en lo escénico y su calidad vocal resulta sobresaliente.

La dirección orquestal del maestro italiano Antonello Allemandi es de primer nivel. Su trabajo brilla como ejemplo de conducción orquestal y extrae toda la rica gama de colores y matices de esta expresiva y delicada partitura. La dirección escénica de Filippo Crivelli (en reposición de Rodrigo Navarrete) es tradicional y bastante ajustada a libreto, y recrea lo que puede ser la plaza central de una aldea de tintes mediterráneos y aspecto (en este caso) marcadamente latinoamericano. Complementa este cuadro la escenografía e iluminación (Ramón López y German Droghetti) y el vestuario (Droghetti).

Así, este es un muy buen “Elixir de amor”, que vuelve después de once años al Teatro Municipal y que se presenta -como último título de la Temporada de Ópera 2013- con elencos nacional e internacional, además de una versión acortada para niños, desde el 30 de octubre al 9 de noviembre.

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