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Por José Luis Arredondo
 
Dentro del teatro norteamericano del siglo XX el nombre del dramaturgo Tennessee Williams resulta referencial. Autor de piezas inolvidables como ‘La gata sobre el tejado de zinc caliente’, ‘La noche de la iguana’ y ‘Un tranvía llamado deseo’, entre otras, Williams supo configurar una galería de personajes de profunda cualidad humana, seres sumidos en sus pasiones extremas, presos de sicologías y/o patologías mentales que los gobiernan y arrastran a verdaderas catástrofes griegas, hombres y mujeres que se debaten frente al destino siempre en desventaja y luchan contra sus fantasmas y tormentos casi con la seguridad de salir perdedores en el juego, aunque no sin antes presentar una lucha encarnizada.
Es precisamente el trabajo de Williams, y en especial esa obra clave que es ‘Un tranvía llamado deseo’, la inspiración de Woody Allen para entregar en ‘Blue Jasmine’ uno de sus mejores trabajos del último tiempo. En rigor no se trata de una adaptación de esta pieza, y ésta es una de sus fortalezas, sino más bien de una reescritura de “Un tranvía…’. El filme de Allen se adentra en la obra no para recrearla sino para contextualizar el personaje protagónico (Blanche Dubois) a través de la heroína (en el sentido de la tragedia griega) e insertarla de manera más que apropiada al mundo habitual en el que Allen mueve a sus personajes.
Aquí vemos a una Blanche (Jasmine, a cargo de una soberbia Cate Blanchett) sola y obsesionada con la vida de gran burguesa neoyorquina que perdió, viviendo su fatal presente después de la ruina económica y sentimental, allegada en casa de su hermana (Sally Hawkins), dañada en lo más profundo a causa del turbio comportamiento de su marido (Alec Baldwin).
Woody Allen instala el presente en ruinas de Jasmine e incorpora en el relato el pasado de glorioso esplendor económico de la protagonista, una mujer frágil que no logra sobreponerse a la pérdida de estatus social y que añora volver a su vida anterior.
Jasmine transita decidida hacia la locura; su mente y alma están fracturadas y divididas entre un presente gris y un pasado brillante que cada día se convierte más en un lejano recuerdo. Su sentido de la realidad es precario y ajeno a ella, y Allen se encarga de acentuarlo al rodearla de seres con los que jamás se hubiese relacionado antes en su gran vida de millonaria.
El filme -que señala el regreso del cineasta a Estados Unidos tras un largo periplo fílmico en Europa- es claro y preciso a la hora de tomar los mejores elementos dramáticos de la obra de Williams y potenciarlos en un típico relato Alleniano; hay un solo problema, sin embargo, y es que Allen desestima casi por completo la carga sexual de la protagonista, y ésta apenas se sugiere. Esto no es novedad, ya que Allen suele soslayar la sexualidad de sus peliculas. En su cine se habla mucho de sexo pero éste se practica a escondidas y rara vez se deja ver.
En otra película este aspecto sería sólo anecdotico, pero en una cinta que alude a “Un tranvía…” y que aborda el derrumbe de su protagonista, este es tema mayor. Finalmente Jasmine-Blanche se aproxima lenta pero segura al abismo, siente que el presente de miseria no le pertenece y se pierde en su pasado esplendoroso pero ido. Lo peor es que siempre la realidad, por atroz que sea, se impone. Eso lo saben todos los personajes de Williams y la mayoría de los de Allen, y este no es la excepción.

Así y todo, ‘Blue Jasmine’ es una gran película, en la senda que Woody Allen definió hace tiempo. El guión es impecable al igual que la dirección de arte y vestuario, y las actuaciones se elevan por sobre la media (otro permanente mérito del director neoyorquino). Sobresale, por supuesto, una superlativa Cate Blanchett, que expresa con sus miradas, llantos y tormentos, varias de las sombras y luces que marcan la existencia humana.

BLUE JASMINE. Dirección y guión de Woody Allen, con Cate Blanchet, Alec Baldwin, Sally Hawkins, Peter Sasgaard y otros. Duración: 1 hora 38 minutos.

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