descarga

Por José Luis Arredondo A.

Y partió la temporada lírica en el Teatro Municipal de Santiago, con un inicio más bien irregular en el que los aspectos musicales se impusieron por sobre los teatrales.

Desde ya “La Gioconda” (estreno en La Scala de Milán en 1876) no es una ópera por la que uno pudiera cortarse las venas o dar la vida, ni su autor Almicare Ponchielli (1834-1886) un compositor de muchas luces, a pesar que la crítica musical de la época quiso ver en el el sucesor de Giuseppe Verdi, vista con la perspectiva del tiempo una exageración total sin duda. Lo cierto es que de toda su producción lírica sólo sobrevive “La Gioconda” en la cartelera de algunas salas de ópera hoy en día, y esto principalmente porque a mediados del siglo pasado se realizaron muy buenas grabaciones de ella, entre las que destaca, lejos, la versión protagonizada por la incombustible María Callas bajo la conducción del maestro Antonino Votto y por otro lado, Walt Disney puso en el oído de todo el mundo un fragmento de la ópera (el Ballet del tercer acto: la danza de las horas) al incluirlo en su filme “Fantasía”.

Sea como sea la joven y desgraciada cantante callejera Gioconda, que junto a su madre ciega debe soportar el acoso sexual del perverso Barnaba, en circuntancias que ella está enamorada del joven principe Enzo Grimaldo, amor que para colmo es no correspondido ya que el joven esta enamorado de otra mujer (Laura, la mujer de Alvise, el jefe de la Inquisición), recaló nuevamente en nuestro Teatro Municipal después de una ausencia de treinta y seis años (1980). Versión de la que tengo vagos pero buenos recuerdos y que contaba con un elenco de primeras figuras de la época: Clarise Carson, Marta Rose, Aida Reyes, Ermanno Mauro y Gianpiero Mastromei. Todos bajo la batuta de Michelangelo Veltri y la Regie de Roberto Oswald.

La presente versión tiene de dulce y agraz, lo dulce corrió por cuenta de los aspectos musicales ya que prácticamente todo el elenco tuvo un notable y parejo desempeño, partiendo por la protagonista a cargo de una soberbia Elisabete Matos (soprano Portuguesa), quien aportó una portentosa voz, de amplio registro (excelentes agudos y unas zonas baja y media muy seguras y expresivas) y muy buen sentido dramático en el decir, Matos fue una Gioconda heroica en su sufrimiento y verdadera artífice del alto nivel alcanzado por todo el grupo de interpretes. Muy buen desempeño de la mezzo Geraldine Chauvet en el rol de Laura y del bajo Sergey Artamonov como Alvise. Excelentes La Ciega (madre de Gioconda) de la mezzo Evelyn Ramirez y el Enzo del tenor Walter Fraccaro. Puntos altísimos de la jornada el Barnaba del baritono Sergey Murzaev, ancarnación misma del mal, un ser brutal, espía de la inquisición que desea a Gioconda y no trepida en delatar y matar para conseguirla y el Zuané del baritono Javier Weibel. Completaron el elenco Francisco Salgado, Cristián Lorca, Gonzálo Araya, Claudio Fernández y Jorge Cumsille. El coro, sólido como siempre, en una obra que no representa mayores dificultades para el nivel alcanzado bajo la conducción del maestro Jorge Klastornick, sólo acotar que también fueron “víctimas” de la regie al igual que los solistas, ya que se vieron con frecuencia mal agrupados y moviéndose con dificultad en un espacio muy mal aprovechado.

La orquesta es puso en vena de una partitura que apela en casi toda su extensión a un sonido dramático y exultante, reflejo de la tragedia de ribetes truculentos que se lleva a cabo en escena, y el conductor Konstantin Chudovsky guió con la garra y energía necesarias para hacernos llegar toda la carga dramática de la historia.

Agraz resultó la regie de Jean-Louis Grinda, una puesta en escena estática y anticuada, de una teatralidad ampulosa y totalmente falta de detalles y sutilezas, tanto en su composición general como en la dirección actoral de los interpretes, apelando a un recurso ya en retirada hace años, cual es situar a los cantantes mayormente de frente al público y cantando como si se tratase de una versión de concierto y no de una puesta en escena. Su dirección se limitó a marcar entradas y salidas y a mover en bloque a los grupos humanos, evidenciando un nulo sentido de la composición escénica. En muchos momentos daba la sensación de estar viendo una opera montada según los estándares del siglo XIX y que en nada reflejaba los avances del lenguaje teatral desde finales de 1800 hasta hoy. Corrió a la par una pesada escenografía a cargo de Eric Chevalier y la iluminación de Ramón López. Aportó lujo y boato a la Venecia del Siglo XVII, en la cual transcurre la historia, el colorido vestuario de Jean-Pierre Capeirón y que es propiedad de la ópera de Montecarlo. Cumplió su labor de manera correcta el coreografo Eugenie Andrin, para su parte más destacable, el ballet del tercer acto llamado “La danza de las horas”.

Irregular inicio de temporada en el que primó la música por sobre el teatro y que debiera ser motivo de atención para que el Teatro Municipal no descuide aspectos fundamentales de la lírica actual como lo son los aspectos escénicos. Ya hemos visto, y en cantidad, buenos montajes en ese mismo escenario como para que suceda lo que ha ocurrido con esta Gioconda, que en este aspecto quedó totalmente al debe.

“La Gioconda” de Almicare Ponchielli, un drama en cuatro actos con libreto de Tobias Gorrio (seudónimo del afamado compositor y libretista Arrigo Boito) y basado en un relato del escritor Francés Victor Hugo, titulado “Angelo, el tirano de Padua”.

Esta ópera contempla funciones los dias 11, 14, 17, 20 y 23 de mayo, todas con el elenco arriba mencionado.

 

 

 

 

3 thoughts on “La Gioconda: Fuego y pasión musical en una débil puesta en escena.”

Deja un comentario