Ópera “Las Bodas de Fígaro” en el Municipal de Santiago: un Mozart vital, enérgico, brillante y con sentimiento  

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Por José Luis Arredondo A.

Habitualmente decimos que la música de Mozart (1756 – 1791) es sinónimo de perfección y belleza, perfección porque siempre pareciera reflejar un orden en el que todos los elementos están en total equilibrio, y belleza porque en cada uno de esos elementos se percibe una nobleza de materiales que provee de una luz brillante y pura todo ese orden y equilibrio.

Y si buscamos un ejemplo cabal de lo anterior, en la ópera “Las Bodas de Fígaro” (estrenada en 1786) encontramos la prueba concreta y fehaciente de este orden basado en la belleza y la perfección. Lo primero que resalta a la vista es la precisión de reloj suizo que exhibe el libreto de Lorenzo da Ponte (1749 – 1838), una gran comedia de enredos amorosos, que es una verdadera maquinaria de idas y venidas y dimes y diretes, cubierta de un barniz de crítica social, crítica que en la obra original de Beaumarchais (1732 – 1799) era bastante aguda y Da Ponte suavizó para eludir la censura (no olvidemos que en algún momento Napoleón llamó “La revolución en acción” a la obra teatral). Da Ponte entregó un texto con todas las claves típicas de la ópera buffa, género en el que Mozart ansiaba incursionar con éxito, y este fue mas allá, expandiendo los límites y reflejando de manera genial en la música el carácter de los personajes protagónicos (que rebasan lo arquetípico y se erigen como entes dotados de compleja sicología), sus cambiantes estados de ánimo y esa creciente tensión que va subiendo a medida que se acrecientan los equívocos y los planes de burla en contra del seductor Conde de Almaviva.

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Una historia de amor y desencuentros que tiene como eje gravitante el hecho de que el Conde de Almaviva, entusiasmado con su sirvienta Susanna, quiere hacer uso del “derecho de pernada”, el novio de la joven, Figaro, hará lo posible, con la ayuda de la Condesa de Almaviva (Rosina) y otros personajes, para desarticular los planes de su amo, en lo que resulta, como reza parte del título de la pieza, “una loca jornada”.

El resultado es una variedad de conflictos que permitieron a Mozart explotar al máximo las posibilidades dramáticas de la orquesta con una partitura que pone en endiablado y vertiginoso movimiento el “reloj suizo” diseñado por Da Ponte.

Si uno pudiera “graficar” la música de “Las Bodas de Fígaro”, veríamos el mecanismo interno de una gran máquina en el que cada pieza realiza su labor en función de otra pieza, para lograr, ambas y en conjunto, el movimiento de la peripecia. Un entramado musical de una precisión pocas veces lograda y que ha quedado en la historia de la ópera como ejemplo de estructura musical y teatral. Ejemplo notable del nivel que se puede alcanzar cuando recitativos, arias, duos y concertados fluyen en un continuo que no da tregua.

Calidad que queda totalmente de manifiesto en la actual versión que se presenta en el Municipal de Santiago, como segundo título de su temporada lírica 2017. Versión que encuentra en sus aspectos orquestales y en el desempeño de los elencos, sus máximas fortalezas.

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En lo que toca al elenco internacional el nivel logrado permite apreciar de buena forma todos los méritos de la pieza, aunque en terminos generales se percibe cierta rigidez en el conjunto, elemento que en una obra tan lúdica y vertiginosa como esta, atenta contra la creación de una atmósfera festiva, propia de una comedia de enredos y equívocos.

ZhengZhong Zhou resulta un Conde de Almaviva convincente, su timbre de barítono neto y un canto elegante ayudan a perfilar el origen noble del personaje, a la vez que el matiz de robusta oscuridad que posee, le da el carácter de vileza necesaria a sus propósitos respecto a Susanna.

La Condesa de la soprano Nadine Koutcher está revestida de dignidad y clase, su Rosina ha transitado con facilidad de su pasado picaresco a su nueva condición. Koutcher maneja el rol con comodidad y logra momentos notables por su belleza, como su “Dove sono…”, que en la primera función el público premió con sentido aplauso.

Por su parte el barítono Igor Onishchenko resulta un Fígaro cómodo pero un tanto rígido y no muy expresivo en lo escénico. Tiene un bello timbre, pero en este caso esa cualidad se ve opacada por un desempeño teatral solamente discreto.

Muy bien en lo musical la Susanna de la soprano Angela Vallone, aunque en terminos generales carece de la picardía que debe caracterizar al rol. En cierta medida también falta fluidez escénica para configurar de manera más plena la importancia y preponderancia de su papel, tan proactivo, dentro de la obra.

Maite Beaumont como Cherubino es uno de los puntos altos de la versión. El joven encendido de deseo y energía encontró en la cantante una buena intérprete, Beaumont da muy bien la nota de juventud y su Cherubino fluye con agilidad y andrógina apostura.

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Sergio Gallardo es un bajo-baritono chileno químicamente puro, se maneja con total comodidad en toda la extensión de su tesitura, lo sabe y hace expresivo uso de aquello, sobretodo luciendo unos graves que son casi su marca de fábrica. A esto suma su expertíz en roles bufos, una muy buena presencia escénica y una gran vena cómica, potenciada por sus excelentes dotes actorales. Su Bartolo queda entre lo mejor de esta versión.

Lo mismo la Marcellina de la soprano nacional Paola Rodriguez, que se impone con prestancia y seguridad tanto en lo vocal como en lo escénico. Rodríguez se las arregla para configurar un carácter donde hay poco más que una figura. Resulta cómica y querible, matiza bien y se pone a la par del excelente Bartolo de Gallardo.

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Completan con solvencia el cuadro de nacionales, el Don Basilio del tenor Gonzalo Araya, el Don Curzio del tenor Víctor Escudero, el Antonio del bajo Jaime Mondaca y la Barbarina de la soprano Regina Sandoval. Grupo este que aportó una buena cuota de calidad a la propuesta general y jugó su parte de muy buena manera.

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En lo concerniente al elenco estelar, que como se sabe está conformado por cantantes nacionales, acotando que el elenco internacional también contó con buena presencia chilena, podemos catalogar de excepcional su presentación. El conjunto lució totalmente empoderado de la propuesta.

A la cabeza se puso el barítono Javier Weibel como un Figaro sanguíneo y rutilante, la robustez de su timbre, gran volumen y enorme seguridad escénica, permiten al interprete perfilar un papel rico en matices y muy bien configurado en lo vocal y teatral.

A la par corrió el Conde del baritono Patricio Sabaté, un noble “picado de la araña”, abusivo pero con un fondo de simpatía y simpleza, aspectos que Sabaté refleja con nitidez y dominio de sus recursos, su Conde de Almaviva se mueve con seguridad y aplomo, y se permite, gracias a la expresividad del cantante, coronar su perfil con una nota de emotivo patetismo cuando es sorprendido en sus intrigas.

Muy bien la Condesa de Paulina González, una Rosina desencantada y a la vez enamorada, soñando con reavivar la inestable pasión del Conde y muy activa a la hora de ser parte del juego que desenmascare a su infiel marido. Gran labor de González que una vez más hace gala de su talento escénico, siempre en desarrollo y ganando seguridad, y su material vocal que se cuenta entre los mejores y mas potenciados, en sus posibilidades, del medio local. Musicalidad y presencia a toda prueba, en un rol por el que han desfilado grandes sopranos de todos los tiempos.

A su vez la Susanna de la soprano Patricia Cifuentes fue un excelente motor de la acción. La intérprete reflejó muy bien la astucia del personaje y lo potenció al agregar fuerza, determinación y empuje para desenmascarar al acosador Conde. Cifuentes maneja a la perfección sus recursos, tanto vocales como teatrales, y los usa con claridad y expresividad. Un timbre claro, muy ad hoc al rol, y un notable manejo de los recitativos, dejan su desempeño en un nivel de total excelencia.

Otro personaje que se impuso fue el erotizado Cherubino de la soprano Marcela González. El joven enamorado del amor, presa de un deseo permanente y siempre en busca de todo lo que vista faldas, encontró en González una intérprete dúctil, de gran técnica y musicalidad, y excelente desempeño escénico. Su Cherubino resultó ágil y enérgico, sin por esto dejar de lado su comportamiento soñador y adolescente. Una entrega muy vital que se acomodó perfectamente a las exigencias de una partitura que no da respiro y que la interprete nos hizo llegar en la plenitud de su belleza melódica, sorteando con aplomo todas las dificultades técnicas del papel.

El bajo-baritono Rodrigo Navarrete cumplió con un Don Bartolo correcto pero sin brillo y de escasa comicidad.

Bien la Marcellina de la soprano Andrea Aguilar, aunque faltó acentuar, en lo escénico, una mayor edad.

El tenor Francisco Huerta y su Don Basilio sacaron justificadas risas por una performance muy lúdica y bien ejecutada. Configuró un Basilio cómicamente relamido y afectado. Un trabajo redondo que prueba que no hay “papeles chicos”, y que a todo rol se le puede dar relieve cuando se le dedica trabajo y punto de vista.

Completaron el excelente team chileno, el tenor Exequiel Sánchez como Don Curzio, el bajo-baritono Matías Moncada como Antonio y una excelente Annya Pinto como Barbarina.

Solvente el Coro, como siempre bajo la dirección de Jorge Klastornick, en sus intervenciones como los servidores y aldeanos bajo el dominio del Conde, y que acompañan a Fígaro y Susanna en la alegría de su matrimonio.

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Soporte fundamental de la calidad de estas Bodas Mozartianas fue la conducción del maestro Attilio Cremonesi, a cargo de la Orquesta Filarmónica Una lectura enérgica, agil y de enorme vitalidad. Su dirección orquestal sirvió en bandeja de plata todas las virtudes de la partitura, que refleja profundamente el vértigo de la acción sin dejar de lado esa nota de melancólica emotividad que flota en muchas escenas, aún en algunas cómicas. Sin duda una de las mejores direcciones musicales de las últimas temporadas. Su Mozart fue un Mozart vivo, enérgico, audaz, sentimentalmente festivo y muy presente.

La regie de Pierre Constant puso el acento en el juego actoral, en ese sentido es de una enorme credibilidad escénica, muy teatral y con notorio énfasis en evidenciar, a través de la acción, tanto los sentimientos como los dobleces de los personajes. En sintonía fina con la partitura, logra dar vida a los conflictos y dar credibilidad a esa “loca jornada” en la que todos se ven envueltos. En este sentido es la perfecta concreción escénica del movimiento que dibuja con la música, desde el foso, Cremonesi.

La escenografía de Roberto Platé, cumple dos propósitos, ambienta la acción en un salón de la residencia de los Condes Almaviva, y sirve de caja de resonancia al elenco. Dos paredes cóncavas, de madera, que sirven de marco a un gran arco central que nos permite ver el despejado cielo sevillano, que lentamente se oscurece a medida que avanza el dia.

Buen complemento el vestuario, de época, de Jacques Schmidt y Emmanuel Peduzzi, y la iluminación de Jacques Rouveyrollis.

Una excelente “Bodas de Fígaro”, que en alas de los dos elencos, de los cuales el nacional brilló de sobremanera, nos hizo viajar a ese mundo lleno de belleza y perfección que es la música de Mozart.

Funciones elenco internacional: 14, 16 y 19 de junio.

Elenco chileno: 17, 20 y 22 de junio.

Fotos: Patricio Melo

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