Opera: Una “Cenicienta” de melancólica fantasía y cómico frenesí en el Municipal de Santiago

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Por José Luis Arredondo A.

“La Cenicienta” de Rossini está de cumpleaños, y el Municipal de Santiago lo celebra poniéndola en escena bajo la dirección orquestal de los maestros José Miguel Pérez-Sierra y Pedro-Pablo Prudencio, en la versión teatral de Jérome Savary.

Doscientos años desde su estreno mundial (1817 en el Teatro Valle, en Roma), para una obra que junto a “El Barbero de Sevilla”, debe ser de lo más representado en la producción del compositor nacido en Pésaro (Italia), hacia 1792.

Un cuento de hadas que como tema pierde su historia en la noche de los tiempos y que ha llegado hasta nosotros conocido mayormente como uno de los más afamados cuentos de Charles Perrault. Verdadera apología del triunfo del bien y la bondad por sobre el abuso y el maltrato.

Inmortal relato sobre la pobre muchacha destinada a servir día y noche a sus abusivas hermanastras en casa del arruinado pero soberbio Don Magnífico y que logra zafar de su aciago destino gracias a que, en fortuito encuentro, se enamora de ella el príncipe Ramiro, quien después de muchos tropiezos la hace su esposa y viven felices para siempre. 

Rossini, con libreto de Jacopo Ferreti, sacudió el relato de su carácter fantástico y de cuento de hadas, para transformarlo en una hilarante comedia de enredos y equívocos, dotándola de una música vertiginosa y de endiablado entramado melódico. Verdadera prueba de fuego para los cantantes que deben transitar por la partitura como si esta fuera una “montaña rusa” en donde han de lucir todas sus dotes musicales y teatrales para salir adelante en este verdadero festival de agilidad y coloratura, ya sea en arias, duos y números de conjunto. Todo cubierto de un barniz de tenue melancolía y dulzura que nos remite al relato original. Una acabada obra musical en la que Rossini logró un perfecto equilibrio entre la comicidad de una ópera buffa y los relieves de un dramma giocoso, estilo este último con el que la bautizó. 

La presente versión del municipal de santiago cuenta con dos elencos de dilatada trayectoria y calidad.

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El conjunto internacional, ancabezado por la mezzosoprano José María Lo Monaco como la pobre Angelina (Cenicienta), entrega una versión en la que prima el tono melancólico e íntimo por sobre el cómico. En general aquí se luce la brillante y experta dirección orquestal de Pérez-Sierra, conducción sobre la que el elenco transita con solvencia a pesar de que el volumen orquestal, en varios momentos, cubrió las voces.

Lo Monaco maneja la delicadeza del rol pero queda al debe en cuanto a fuerza y energía escénica, con todo y a pesar de una voz de bello timbre pero escaso volumen, saca adelente su heoina y hace primar la nota de delicada belleza con la que Rossini dibuja primordialmente el papel.

Al igual que el príncipe Ramiro del tenor Michele Angelini , que resulta noble y elegante. Lo mismo que el Dandini (su ayuda de cámara) del baritono Joan Martín-Royo. Ambos forman una dupla que denota química y fiato en el juego de cambio de identidades.

El barítono Pietro Spagnoli es uno de los interpretes más reconocidos en su cuerda a nivel mundial en obras de Rossini, y aquí lo deja absolutamente en claro. Su Don Magnífico se roba la película con un desplante teatral y calidad musical que arranca aplausos al final de cada intervención. Perfila un cómicamente abusivo y arruinado noble, cómplice de sus hijas en el maltrato hacia la pobre sirvienta. Spagnoli tiene un enorme manejo del estilo y su histrionismo corre a la par de su pasmosa seguridad para cabalgar en una partitura que le exige una agilidad que solo un cantante de su talento y experiencia logran entregar en toda su riqueza.

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El Alidoro (suerte de ángel que reemplaza en el libreto al hada madrina del cuento) del bajo-barítono chileno Matías Moncada sacó adelante su cometido con solvencia, calidad y seguridad, una performance muy meritoria, habida cuanta que debe enfrentar todas la funciones ya que Ricardo Seguel (titular de este rol en el elenco internacional), se enfermó. La carrera de Moncada recién se inicia y el joven interprete ya da muestras de una material de enorme calidad. Luce seguro, tiene presencia escénica y sabe llenar el rol con toda propiedad.

Por su parte, las hermanastras de Cenicienta ponen la cuota de exacerbado humor que caracteriza ésta ópera. Tisbe (Marcela González) y Clorinda (Yaritza Véliz), logran junto a Don Magnífico los mejores momentos de esta versión. Ambas sopranos actúan como un todo, son cómplices y compinches y no se concibe la acción de la una sin la otra, sepotencian, forman parte de un juego escénico y musical que las articula como piezas que se separan y ensamblan a la perfección, y las dos intérpretes entran de lleno en la propuesta. Juegan sus roles con desborde e histriónica expresividad y logran perfilarse, a pesar de la exageración en la construcción de los “tipos”, como dos jóvenes cómicamente perversas y queribles.

La regie (Jérome Savary, con reposición de Frederique Lombart) propone entrar en la obra a través de una estética que remite a un libro de cuentos ilustrado, uno de esos en los que las figuras se despliegan al abrir sus páginas, posee un delicado acento de decadencia y sus telones pintados nos remiten, inequívocamente, a una inspiración teatral decimonónica. Ayuda en esto la escenografía y vestuario de Ezio Toffolutti y al iluminación de Ricardo Castro, según diseño de Sebastien Bohm. Una opción que a mi parecer debiera ir dejándose ya de lado para dar paso a una escenificación de tinte más contemporáneo y menos historicista. También es posible desplegar magia y fantasía con recursos escénicos de una estética más acorde a nuevos lenguajes teatrales. 

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Por su parte el elenco de cantantes nacionales se la jugó con una entrega totalmente marcada por la comicidad que propone la obra, resulta una versión llena de energía y vitalidad, pletórica, muy lúdica  y afiatada.

La Angelina de la mezzo Evelyn Ramirez es sanguínea y activa, apoyada en un generoso volumen y total manejo de la coloratura, maneja la acción en cada una de sus escenas, su timbre robusto y levemente oscuro le confiere carácter, fuerza y personalidad.

Mismo caso del Don Magnífico del bajo-barítono Sergio Gallardo, que se pone a la par en calidad a Pietro Spagnoli, situándose virtualmente como el protagonista de la pieza. No es novedad que Gallardo se maneja con total seguridad en el estilo y aquí da prueba de ello. Logra perfecto ensamble con sus hijas Tisbe y Clorinda (también a cargo de González y Véliz), conformando el trío que tiene a su haber los mejores y más logrados momentos de esta entrega.

El Dandini del barítono Patricio Sabaté se empina por lo más alto del elenco estelar. Un placer siempre ver en escena un interprete tan empoderado de sus recursos musicales e histriónicos. Manejo total de cada situación y la forma de encararla, ya sea en su lado cómico o dramático. Pícaro y elegante, este Dandini se anota entre lo mejor de esta Cenicienta.

Al igual que el príncipe Ramiro del argentino santiago Burgi. Heroico y galante, el intérprete logra cerrado aplauso que premia un despliegue escénico con muy buena presencia y un registro brillante que corona con agudos que hacen la delicia de la concurrencia. La musicalidad de Burgi fluye con absoluta frescura y comodidad y sus dotes actorales confieren gran credibilidad a su entrega.

El maestro Pedro-Pablo Prudencio balanceó a la perfección a la orquesta y fue el camino por el que transitó con total comodidad todo elenco, manejo absoluto del volumen para que cada rol se escuchara en toda su extensión. Un ejemplo de lo que debe ser una conducción de ópera, instancia en la que el equilibrio entre voces y orquesta ha de ser lo primordial.

Un elenco que resulta ejemplo de fiato y química escénica y que en esta oportunidad, una vez más, se empina por lo alto de la versión. Algo que ya no es sorpresa pero que siempre es muy agradable de constatar.

Funciones entre el 19 y el 25 de agosto en el Municipal de Santiago.

Fotografías de Patricio Melo 

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