Ballet “La flauta mágica” en el Municipal de Santiago: inédita y sublime fusión de ópera, danza y teatro

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Por José Luis Arredondo A.

Ante una sala repleta de entusiasta público, que premió la función con prolongados aplausos, debutó en nuestro país “La flauta mágica”, original ballet del destacado maestro Maurice Béjart (1927 – 2007), que pone en danza la célebre ópera homónima de Wolfgang Amadeus Mozart (1756 – 1791).

Son casi tres horas de espectáculo, en las que el coreógrafo francés grafica el argumento lírico mozartiano como si dibujara la historia a través de los bailarines. La sensación más vívida que nos produce esta apuesta es que las notas musicales vuelan de la partitura y se transforman en movimiento en el cuerpo de los bailarines, para contarnos las aventuras del príncipe Tamino en las tierras de la malvada Reina de la Noche y el sabio Sarastro. Un periplo que lo hace enfrentar las fortalezas y debilidades de su propio espíritu tras el propósito de superar las pruebas iniciáticas que lo hagan alcanzar la templanza y la sabiduría, y así unirse para siempre a su amada, la princesa Pamina, hija de La Reina de la Noche.

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“La flauta mágica” es un compendio de profundos ideales humanistas, que en la forma de un cuento fantástico, nos hace viajar a un mundo donde los ideales del bien y la felicidad se hacen posible a través de la iniciación masónica.

Conocer el argumento de la obra es fundamental aquí para entender el desarrollo de la acción y la evolución de los personajes. Béjart recurre a la figura de un narrador omnisciente, que mediante el uso de fragmentos de algunos recitativos (partes habladas) de la ópera, y textos explicativos, nos conduce por el hilo de la historia. Aquí la voz humana (el canto) resulta un soporte para la danza y la coreografía grafíca las emociones, sentimientos y pensamientos de los personajes.

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Esta pieza, en la presente versión a cargo del Ballet de Santiago, resulta una notable obra ritual, un trabajo que penetra hondo en el carácter simbólico de la historia y lo hace con un enorme sentido de belleza estética y refinamiento visual en su puesta en escena, en la que la escenografía de Allan Burret resalta los símbolos que plasma Mozart en su obra -pirámides, compases, escuadras; es decir, las herramientas del Supremo Arquitecto.

Complemento esencial es el colorido vestuario, también de Burret, y la bellisima iluminación de Ricardo Castro. Sentido plástico y ritual que la compañía dirigida por Marcia Haydée refleja plenamente, dando cuenta y prueba, una vez más, del gran nivel que ha alcanzado y que ya rebasa el campo neto del ballet clásico, para adentrarse con mucha propiedad en la danza contemporánea, y también, en este caso, en los rudimentos del lenguaje teatral. Béjart pensaba que el ballet debía entenderse como parte del teatro, y eso aquí lo deja absolutamente claro.

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Uno de los aspectos que más resalta y emociona de la propuesta es el alto nivel expresivo de la compañía. El elenco, en su totalidad, dibuja en el espacio con gran precisión y plasticidad la partitura de Mozart. La voz del Narrador, Tamino, Pamina y Papageno, se funden en una propuesta que logra una acabada mixtura de ópera, danza y teatro, tres lenguajes que aquí se potencian entre sí. En este sentido resulta un espectáculo muy completo, en el que la danza se adentra en otras dimensiones de la expresión escénica, para ampliarse y enriquecerse en sus posibilidades de expresión y emoción. Los cuerpos logran transmitirnos lo que se canta y aquí resulta clave la excelente labor de los solistas y el cuerpo de baile.

El hilo de la acción lo lleva el Narrador a cargo de Agustín Cañulef, quien enfrenta el desafío de bailar y ser la voz de algunos personajes, tarea de la que sale totalmente airoso. Su entrega es convincente y de calidad, tanto en lo referente a la danza como a los aspectos teatrales.

Rodrigo Guzmán una vez más hace honor a su categoría de primer bailarín estrella. Encarna a un príncipe Tamino de noble impronta y altiva dignidad, e imprime fuerza y elegancia a un papel de claro tinte heroico. Logra en este cometido, hacer excelente dupla con el Papageno de Lucas Alarcón, un pajarero de ingenua y pura comicidad, encarnación del ser simple y llano que vive una despreocupada existencia y que forma parte esencial de la naturaleza que lo rodea. Excelente labor la de Alarcón, que llena el rol con histrionismo, soltura y empatía.

La Pamina de Natalia Berríos es frágil y delicada, una princesa de cuento, que la bailarina dota de entrañable humanidad y ternura. Su personaje es un símbolo de la pureza y la bondad que Béjart dota de movimientos leves y sutiles y que Berrios ejecuta con la acostumbrada calidad que le conocemos.

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En las antípodas está su madre, la siniestra Reina de la Noche, un ser oscuro y manipulador, al que Andreza Randizek imprime fuerza y carácter. La suya es una reina engreída y de tensa energía, que se impone como “el lado oscuro de la fuerza”, haciendo gala de una técnica y expresividad de altísimo nivel.

Corren a la par el Sarastro de Miroslav Pejic, la Papagena de Montserrat López y las Damas de la Reina de la Noche, a cargo de Esperanza Latuz, Katherine Rodríguez y Ethana Escalona.

Completan un elenco sólido, afiatado, muy expresivo, y que se adentra con soltura y profesionalismo en los terrenos del teatro y la danza contemporánea, Carlos Aracena como el moro Monostatos, los tres genios que encarnan Esdras Hernández, Emmanuel Vázquez y Gustavo Echevarría, y los dos hombres armados, interpretados por Alexey Minkin y Luciano Crestto.

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El ballet ‘La flauta mágica’ es un estreno que, por su complejidad y riqueza en cuanto a expresión escénica, debiera considerarse desde ya como el evento de la presente temporada en su categoría. Más aún tomando en cuenta, según palabras de la directora Marcia Haydée, que estamos frente a una creación paradigmática de la danza mundial, que por su complejidad, solo una compañía de muy alto nivel y trayectoria como el Ballet de Santiago está en condiciones de afrontar.

“La flauta mágica”, de Mozart y Béjart, se presenta en el Municipal de Santiago hasta el jueves 7 de septiembre de 2017, a las 19 hrs, con dos elencos que se alternan.

 

La versión de la ópera que eligió para su ballet M. Béjart y cuya grabación se ocupa es la dirigida por Karl Böhm y la Filarmónica de Berlín, con las voces de Fritz Wunderlich, Dietrich Fischer-Dieskau, Roberta Peters, Franz Crass y Evelyn Lear entre otros.

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Fotografías de Patricio Melo

 

 

 

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