#Teatro obra “Todos eran mis hijos”, de Arthur Miller: Ni perdón ni olvido

Por Jose Luis Arredondo.

“Todos eran mis hijos” es una obra urgente, una pieza escrita “sobre la carne caliente de las cosas”, como decía Gabriela Mistral. Arthur Miller la estrenó en enero de 1947, cuando la sangre derramada en la segunda guerra mundial aún estaba fresca y el sonido de las balas y las bombas aún resonaba fuerte en las pesadillas de los soldados que habían sobrevivido. En ese sentido era una pieza de lacerante contingencia, una obra que hablaba a la sociedad norteamericana del aquí y el ahora, y que su calidad la convirtió, a poco andar, en un clásico de tomo y lomo, porque a pesar de la urgencia, Miller entró a fondo en el conflicto planteado, para retratar un drama que lejos de perder vigencia, hoy nos resulta de quemante actualidad en sus planteamientos, y al igual que toda gran obra sus lecturas y aristas son múltiples y no se agotan.

Como eje actúa la historia de la familia Keller. Alli el padre, Joe, es un exitoso empresario y padre de familia, cuyo único pesar es la desaparición de su hijo Larry durante la segunda guerra mundial. Durante el conflicto bélico, Joe fue proveedor de repuestos para el ejército, lo que le acarreó enormes beneficios económicos. En una oportunidad, estando su socio en la fábrica, entregaron una cantidad de piezas defectuosas que provocaron accidentes en los cuales murieron 21 jóvenes pilotos de guerra. En el juicio Joe se desentendió del asunto, haciendo que toda la culpa recayera en su socio, quien fue condenado a prisión. Al inicio de la obra se espera la llegada de Ann, hija del socio de Joe, antigua novia de Larry y hoy enamorada de Chris, el hijo menor de los Keller. Esta visita removerá dramáticamente el pasado, el amor, las culpas, los secretos y las ansias de justicia.

“Todos eran mis hijos” es un remecedor estudio de la ambición, la responsabilidad social, la culpa, la justicia, el deber y el falaz sueño americano, centrado en la figura de la familia como base de la sociedad. Miller disecciona el “sueño” en su lado más oscuro, ese que antepone el éxito económico personal a cualquier consideración ética, moral o de justicia. Y lo hace entrando a fondo en un cuadro familiar que es la encarnación del ideal de vida de un amplio sector de la sociedad. Sitúa a los personajes frente a frente en una lucha dialéctica en la que el brutal y despiadado pragmatismo de unos, choca con el idealismo y ansias de justicia de otros.

La pieza trasunta un discurso humanista de hondo contenido social. Es una obra que expone la peor cara de un sistema que propicia el éxito a cualquier costo, incluso cometiendo un delito, y por otro lado ilumina con el proceder de quienes valoran la equidad y la justicia incluso por sobre consideraciones de tipo familiar. Valiéndose del realismo sicológico como estilo y de la tragedia clásica como estructura, el dramaturgo entrega una reflexión que sobresale y sobrepasa barreras de tiempo y de lugar, para convertirse en un reflejo en el que también podemos ver nuestro rostro social aquí y ahora.

Por eso no resulta sorpresivo constatar la actualidad y resonancias de la versión dirigida por Alvaro Viguera, porque a pesar de estar ambientada en la norteamerica de pos guerra, sus ecos se oyen totalmente actuales y vigentes. En rigor no hay aquí una adaptación sino más bien una traducción, lo que nos permite entrar de lleno en la fuerza textual de la obra. Miller utiliza las palabras (lo que se dice y lo que se calla), para exponer la fractura de los Keller, lo que dicen y lo que callan son los ladrillos con los que el dramaturgo edifica la tragedia y Viguera sitúa lo textual al centro de la escena, mediante la absoluta preponderancia de las actuaciones, en su aspecto más realista, como el vehículo que mediante la acción nos introduce en el dilema en juego.

La puesta en escena es una muy buena “síntesis” (como buen ejemplo de realismo sicológico) del lugar de la acción (que transcurre con absoluto apego a las unidades de espacio, tiempo y acción), el jardín de los Keller un domingo, lugar que está presidido por un árbol (referencia al ausente Larry) y una mesa de terraza que es el “cable a tierra” de la sensación de casa (hogar).

Como dije, aquí el centro lo ocupan las actuaciones, que en este caso logran transmitir, en su conjunto, toda la tensión y carga trágica de la obra. Reasalto la labor de los roles protagónicos como ejemplo del nivel alcanzado.

Cristián Campos construye un Joe Keller creíble y matizado, un hombre ya de cierta edad, relajado y dueño de todas las situaciones, hasta que los hechos lo acorralan para hacerlo tambalear y finalmente derrumbarlo. Un trabajo enérgico y asumido con un alto nivel de emoción y verdad, lo que humaniza el rol y lo hace, a pesar de su historial y proceder, cercano.

Lo mismo que Coca Guazzini como Kate Keller. De expresivos silencios y evidenciando la esperanza que pone en la aparición de Larry, llena la escena de una emoción muy internalizada y que resulta conmovedora, aún en los momentos en los que apoya, de forma muy pragmática, el proceder de su esposo. Una actuación con desgarro y contención, en la que la angustia y la desesperación evidencian el carácter del rol.

No se quedan atrás Jorge Arecheta como el menor de los Keller, Chris, un joven que ha vuelto traumado y con el alma fracturada desde el frente de batalla y solo espera justicia y la restitución de valores como la ética y la moral a la vida de su hogar, aún a costa de un sacrificio familiar.

Y Antonia Santa Maria como Ann Deever, hija del socio preso de Joe y enamorada de Chris. Un rol que se maneja con un latente doblés (ella sabe y calla el destino de Larry), y actúa siempre tratando de descomprimir y conciliar la tensa atmósfera que crece en casa de los Keller a medida que avanza el desenlace. Una actuación contenida, sensible, construida con delicada energía y expresividad.

Completan el cuadro de muy buen desempeño actoral Benjamín Westfall, Cristián Carvajal, Elisa Zulueta, Luis Cerda y Sol De Caso. Vecinos de los Keller y que forman un buen cuadro de la sociedad, no sólo de esa época.

Excelente diseño escenográfico de Daniela Vargas, sobrio, preciso y expresivo, tal como el vestuario de Andrea Carolina Contreras, que refleja muy bien la condición y carácter de cada personaje, y la iluminación de Andrés Poirot.

“Todos eran mis hijos” nos llega con toda la potencia de su denuncia, la actual puesta en escena nos la sirve resaltando su enorme carga de crítica a una sociedad que antepone a todo los logros económicos y sitúa a la ética y la moral como dos personajes que, al fondo del cuadro, quedan entre sombras. La esperanza llega por parte de la juventud (Ann – Chris), lo que es una constante en todo tiempo y lugar. También aquí.

La fuerza de un clásico a la altura de sus circunstancias, en un Chile en el que también la responsabilidad empresarial, la ética, la moral y la justicia son, demasiadas veces, letra muerta.

“Todos eran mis hijos”, de Arthur Miller. Dirige Alvaro Viguera. Traducción Rodrigo Olavarría. Producción general Antonia Santa Maria. Diseño escenografía Daniela Vargas. Diseño de iluminación Andrés Poirot. Diseño de Vestuario Andrea Carolina Contreras. Composición musical Camilo Salinas. Ilustración José Benmayor. Fotografías Estudio Schkolnick. Maquillaje Paloma Cruchaga. Peluquería Felipe Carrera.

Elenco: Cristian Campos, Coca Guazzini, Jorge Arecheta, Antonia Santa Maria, Benjamín Westfall, Cristian Carvajal, Elisa Zulueta, Luis Cerda y Sol De Caso.

Teatro Universidad Católica (Plaza Ñuñoa). Del 30 de mayo al 7 de julio. Miércoles a sábado a las 20:30 hrs. Duración 120 minutos. Edad recomendada + 14 años.

Fotos: Prensa UC.

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