La Orquesta Sinfónica Nacional de Chile y todo el esplendor creacionista de Mahler en una monumental Tercera Sinfonía

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Por José Luis Arredondo.

Casi dos décadas que la Orquesta Sinfónica Nacional de Chile no interpretaba la Tercera Sinfonía de Gustav Mahler (1860 – 1911), y la espera valió la pena, porque las noches del jueves 7 y viernes 8 de junio recién pasado serán recordadas durante mucho tiempo por la enorme calidad de la entrega. Calidad interpretativa que convierte a este evento musical en serio candidato al concierto del año. No solo por la enorme dificultad y extensión de la pieza (Una hora cuarenta minutos), sino porque aunar una agrupación orquestal, más dos coros femeninos (uno adulto y uno infantil) y una solista (contralto – en este caso mezzosoprano), implica un trabajo solo al alcance de los mejores.

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El que mejor describe su trabajo es el propio compositor “Cuando uno enfrenta un trabajo de esta dimensión, un trabajo que refleja la creación completa, uno es, por así decirlo, un instrumento con el que el universo juega”, palabras que reflejan muy bien la grandiosa inspiración y aliento de esta obra. Son seis movimientos con títulos que clarifican su intención descriptiva y de alabanza – en el sentido de canto – a la naturaleza y el ser humano como su centro (Lo que me cuentan las rocas; Lo que me cuentan las flores del prado; Lo que me cuentan los animales del bosque; El hombre (con texto tomado de “Así habló Zarathustra” de Nietzche); Los Angeles; Lo que me dice el amor).

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Un verdadero Génesis puesto en música, un acto de absoluto creacionismo musical que nos llegó en todo su esplendor bajo la conducción del maestro Leonid Grin, director titular de la Orquesta Sinfónica Nacional de Chile, secundado por el Coro Sinfónico Nacional (sopranos y contraltos), el Coro (de niñas) del Colegio El Almendral, más la muy destacada participación de la mezzosoprano franco – canadiense Nora Sourouzian.

La conducción de Grin resultó una perfecta mixtura de energía y delicadeza descriptiva, un notable balance entre los momentos de introspección y los de exaltación desbordante que contiene cada movimiento, hasta ese apabullante final, verdadero Big Bang musical. Una dirección que nos mantuvo siempre en vilo y al borde de la butaca, un fiel reflejo de la grandiosidad de la pieza, que de pronto nos sumergía en una íntima y profunda sensación de quietud, así como nos elevaba hacia cimas sonoras desde donde uno siente admirar toda la “Creación” que Mahler puso en música, con ese sentido panteísta que inunda gran parte de su obra.

Una obra desbordante que se eleva como un monumento musical, una pieza imbuida de un sentido religioso – en el más hondo sentido del término – que trasunta un espíritu de humanidad y trascendencia que esta versión entregó en toda su magnificencia. Y que el público asistente premió con una de las más entusiastas y prolongadas ovaciones de esta temporada.

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