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Por José Luis Arredondo.

Martha y George están casados hace veinte años, pero al contrario del tango, aquí veinte años han sido mucho. Es una relación disfuncional y tóxica, en la que las agresiones son el pan de cada día, un matrimonio en el que la violencia se disfraza de humor negro, sarcasmo, burla, ironía y macabros juegos bañados en alcohol en los que cada uno saca con agudeza sus garras para arañarse hasta sacarse sangre de ser posible.

Para entender esta unión habría que remontarse a sus orígenes y especular. Martha era entonces una joven atractiva, parte importante de su atractivo radicó para George quizás en que era la hija del rector de una universidad. Y para Martha, George ha de haber sido un joven atractivo, inteligente, culto y fácil de domesticar, un profesor de historia sin más ambición que vegetar en su labor docente.

A poco andar el idilio se transformó en rutina, una rutina en la que la mutua descalificación fue dando paso a una soterrada violencia que cada día se hizo más patente, hasta que entre ambos fabricaron el circulo infernal de su propia condena, una condena que él ahoga entre libros y whisky y ella baña en alcohol noche tras noche.

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Hoy sábado han ido a una fiesta en el campus universitario (la universidad del padre de Martha) donde George enseña historia. Entre trago y trago Martha ha invitado a una joven pareja a continuar la velada en su casa. El (Nick) es un joven y atractivo profesor de biología y ella (Honey) una muchacha que a primera vista no tiene muchas luces y si bastante ingenuidad. Pero las apariencias engañan.

“Quién teme a Virginia Woolf?”, es el relato que el dramaturgo norteamericano Edward Albee (1928 – 2016) hace de esa noche de fiesta en casa de Martha y George, un verdadero viaje al infierno al mando del matrimonio dueño de casa, y en el que la joven pareja es en principio el jamón del sandwich de una seguidilla de tortuosos juegos de agresión, aguijoneados por el licor que corre a raudales, soltando las lenguas y sacando a relucir toda la gama de bajezas de que dispone el ser humano cuando se quiere hacer daño, un viaje a lo más oscuro del alma, que también deja en evidencia lo frágiles que podemos ser cuando estamos a merced de nuestras más bajas pasiones, y los vapores etílicos exorcizan nuestros demonios.

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Pero en manos de Albee este verdadero exorcismo y noche de brujas no es solo el relato de una infernal velada de juerga, también se proyecta como el agudo y lacerante retrato de una sociedad que ha perdido toda medida y referencia ética, moral y valórica, y ha hecho de la violencia una constante. En algún momento de la madrugada, cuando ya el alcohol y el cansancio han hecho efecto, George lee en voz alta un párrafo de “La decadencia de occidente” de Oswald Splenger, obra referencial en la que el autor proclama que nuestra cultura se encuentra en su etapa terminal, aspecto central que se proyecta y encarna en ambas parejas – en el presente de George y Martha y casi seguro en el fututo de Nick y Honey – teniendo en cuente además algo no menor, tanto George como Nick son académicos, personas en las que está depositado el saber y la misión de entregarlo a las nuevas generaciones, lo que dado el caso resulta bastante desesperanzador. Alcanzamos a vislumbrar, antes que termine la velada, que Nick y Honey están probablemente destinados a terminar sus vidas como George y Martha, habida cuenta que también ambos, en esa noche de desenfreno, sacan a relucir en algún momento sus jóvenes y afiladas uñas. Por otro lado ambas parejas no tienen hijos, y en el caso de los jóvenes y por decisión unilateral de Honey, tampoco es opción ser madre. “… y bendito mi vientre en que mi raza muere…” nos dice en un poema nuestra Gabriela Mistral. Es decir, no hay “futuro”.

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La versión dirigida por Pablo Halpern (Skylight, La casa de Rosmer), da cuenta con acierto a esa infernal noche de macabros y agresivos juegos bañados en alcohol, pone el acento – no podía ser de otra manera – en las actuaciones, y rodea literalmente a los personajes de los dos elementos que priman en la casa de George y Martha, libros y licor. Hay un muy buen manejo del ritmo de la obra y las progresiones por las que transita la siniestra velada. Halpern se sirve de un espacio escénico realista (un living), pero lo llena con una planta de movimientos que de pronto se asemeja a un ring de boxeo cuando se enfrentan los personajes, las agresiones son mayormente cercanas y frontales, lo que agudiza la tensión al dar la sensación que de un momento a otro la sangre llegará al río. A la vez logra que este ambiente hogareño no nos resulte acogedor, y marca ciertas escenas con sutiles pero claros cambios de intensidad en la luz para remarcar hábilmente el estado interno de los personajes, como si la emoción y sentimientos de ellos modificaran la atmósfera imperante. Me hago eco de una frase que en teatro me parece muy acertada “la mejor dirección es la que no se nota”, aquí eso se manifiesta en que la obra fluye muy bien por los canales en la que Albee la hace navegar, dejando que la fuerza de texto y todas sus capas e interpretaciones se impongan y lleguen con claridad hasta los espectadores. La pieza se sostiene en dos columnas, lo que dicen los personajes y cómo lo dicen; aquí las palabras son afilados cuchillos que ambas parejas lanzan a distintos objetivos y velocidades, y esto Halpern lo maneja con buen y seguro pulso. Una dirección que me pareció pulcra, afinada y asertiva para hacernos llegar en plenitud esta obra fundamental del teatro de fines del siglo XX.

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Labor direccional que llega a buen puerto sin duda gracias a la respuesta del elenco, el que logra imbuirse a fondo en los caracteres de estas disfuncionales y tan humanas personalidades. Willy Semler compone un George acabado, un ser que ya se entregó a su vida, un ser humano abatido y con trazas de pelele en manos de Martha, se refugia en las ironías, los sarcasmos y sus lecturas y docencia, y aunque se le advierte culto e inteligente, esa cultura e inteligencia no le sirve de llave para salir de su situación, el dibujo de Semler evidencia el cansancio y manifiesta con claridad el poco ánimo que le queda al personaje aún en los momentos en los que se enfrenta de igual a igual a la agresividad de su mujer.

La Martha de Solange Lackington da el tono preciso de la obra y se transforma en la conductora de esa noche demoníaca. La suya es una mujer violenta y salvajemente agresiva, grosera, déspota y torturada – dueña aún de una belleza y voluptuosa exuberancia que lucha por hacerse notar a pesar del alcoholismo – y en fondo también profundamente desvalida, un ser a merced de sus pasiones que ahoga en whisky su frustraciones y amargura. Personaje que es un verdadero bocado de cardenal para cualquier actriz y que Lackington logra evidenciar en todas sus aristas.

Camila Hirane da cuerpo a una Honey, que es una verdadera muñeca rusa y caja de sorpresas, la joven actriz entra bien en los dobleses del rol, la joven esposa de Nick que en un principio se nos presenta como ingenua y algo falta de inteligencia, pero que al calor del cognac, que bebe a destajo, saca unas pequeñas pero afiladas uñas como una gata agazapada observando a la presa sobre la que en un futuro no muy lejano saltará. Hirane evidencia con nítida expresividad las capas del rol, el suyo resulta un trabajo prístino y muy asertivo, un logro interpretativo en un personaje que requiere de una actriz que le de brillo para hacerlo resaltar, destaco una clara y fina expresividad para volcar en escena los estados internos del personaje.

Al igual que el Nick de Diego Ruiz, personaje al que muchos actores se refieren como “hueso”, en el sentido que no tiene mucha carne sobre la cual trabajar y construir. Ruiz se las arregla para dejar en claro el carácter trepador, frío y arrogante de este joven profesor, un tipo al acecho de la mejor oportunidad para ascender, no importa cómo, encarnación viva de “el fin justifica los medios”, dejándose seducir en algún momento por una lasciva y embriagada Martha, en la claridad que nada mejor que estar en buenas relaciones con la hija del rector de la universidad donde ha entrado a trabajar.

“Quién le teme a Virginia Woolf” aporta calidad a la cartelera local, cartelera que no es desgraciadamente muy visitada por clásicos de distintas épocas. En este sentido valoro su llegada, más aún en una versión que le hace plena justicia. Una obra que entraña no pocas dificultades, tanto actorales como de puesta en escena, para su concreción, y que aquí logra capturar nuestra atención y hacer resaltar todas la implicancias que contiene, en el fondo una historia de amor disfuncional que tiene mucho de espejo social. En definitiva todos en alguna medida le tememos a Virgina Woolf.

Autor E. Albee / Dirección Pablo Halpern / Elenco Solange Lackington, Willy Semler, Camila Hirane y Diego Ruiz / Diseño de vestuario Andrea Contreras / Producción en terreno Mauricio Andaur y Jorge Salazar / Escenógrafo Ramón López / Editor de traducción Alexis Moreno / Fotografías Daniel Corvillón / Diseño Gráfico Juan Ignacio Viveros / Gestión de prensa Tania Araya / Gestión Comercial Eloisa Ganderats / Producción general Andrea Pérez de Castro / Producción ejecutiva Cristóbal Vial.

Teatro Mori Bellavista. Constitución 183. Barrio Bellavista. Desde el 16 de junio. Jueves a Sábado a las 21 horas y Domingos a las 20 horas. Entradas entre $ 8.000.- y $ 12.000.-

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