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Por José Luis Arredondo.

El largo periodo de la dictadura cívico – militar marcó un antes y un después en muchos aspectos de nuestra historia política y social, uno de esos aspectos tiene que ver con la formación y educación que muchos recibimos. Para la generación que ya cruzó el medio siglo de vida, la política era algo de lo que había que ocuparse, el tener opinión sobre tu entorno social y el devenir histórico del país era parte de la vida y del día a día, la motivación por participar en partidos políticos y movimientos sociales no era extraño ni ajeno.

La conciencia de pertenecer a una clase y a un cuerpo social se traducía en activa inquietud por ser constructor del futuro que se forjaba a fuerza de luchas reivindicativas. Había poco espacio al individualismo y lo colectivo primaba. Por otro lado, el acceso a la cultura tenía un sentido mucho más popular y había, por parte del poder político, sobretodo de izquierdas, una preocupación por poner al alcance de la mayoría los bienes culturales que moldearan las inquietudes sociales y dieran sustento a las luchas ideológicas.

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Todo eso cambió violentamente durante el periodo dictatorial, ahí se forjaron, a fuerza de feroz represión policial, y concientización desde los mass media, unas generaciones “apolíticas”, una masa sin sentido crítico, un cuerpo social individualista, preocupado solo de si mismo y de obtener el nivel de vida que, como ideal, se vendía desde la televisión y la propaganda oficial. Una población sin ideales ni utopías, que creció bajo la premisa de que “gobierne quien gobierne yo me tengo igual que levantar a trabajar”, y de que los políticos y la política solo sirven para que los que la ejercen se enriquezcan a costa del aparato estatal.

Es el trabajo de des – ideologización que cimentó la dictadura y refrendó la Concertación – también junto a la derecha como los militares –  una vez recuperada la democracia. Trabajo cuya cara más visible se ve hoy en jóvenes preocupados de ganar dinero fácil para darse la vida que le vende la publicidad desde los medios de comunicación y cuyo “no estoy ni ahí” es su bandera de lucha.

Jocelyn es parte esencial de esta generación, los nietos de la dictadura. Jóvenes apolíticos, con escasa o nula cultura cívica, “aspiracionales”, totalmente despreocupados del acontecer social y dueños de una ignorancia que los hace desconocer todo antecedente o pasado histórico de nuestro país.

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En contraposición está su abuela Valentina, una mujer del pueblo, criada con un profundo sentido y conciencia social y de lucha proletaria, que sobrevive vendiendo sandwiches a la salida del metro y preocupada de no sucumbir a la delincuencia que ya se apoderó de la población donde vive.

Ambas no tienen contacto hasta que Jocelyn llega huyendo a casa de Valentina en busca de refugio ante la amenaza latente de agresión por parte de su novio Sergio, un narcotraficante violento y arrogante que representa el polo opuesto de la abuela de la joven. Ahí, en ese encuentro, se produce el feroz choque generacional entre dos, y hasta tres, visiones de mundo y formas de vivir que gatillan el conflicto de la obra.

Jocelyn no tiene a dónde huir, su madre la abandonó y su novio – que también esgrime sus razones para hacer lo que hace (En la pobla o eres futbolista o eres narco) – la amenaza de muerte, el único refugio posible es la casa de su abuela, con quien se enfrentará en una lacerante dialéctica que pone en tensión dos formas de vivir y de entender el mundo.

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“La Jocelyn” es una obra que cuestiona desde un lúcido punto de vista político nuestra realidad, un texto que mediante el conflicto generacional que plantea, critica con fuerza el “estado de las cosas”, que ha decantado en una sociedad entregada, mayormente, al sistema neoliberal y pragmático que nos rige y reniega de toda carga ideológica que evidencie sus falacias e injusticias.

La puesta en escena opta por una estética realista con ciertos quiebres que evidencian el discurso (los libros que atesora la abuela están de frente al público, para que sepamos qué tipo de literatura consume y es parte de su formación, libros que tarde o temprano pasarán a Jocelyn como herencia de fuerte carga ideológica y social).

La tres actuaciones están muy bien desarrolladas, fluyen creíbles y logran crear y mantener un nivel de tensión ad hoc a la situación, y los momentos de humor, por lo demás bastante ácido, están bien manejados y resueltos, sin descuidar una emotividad latente, que flota todo el tiempo, producto del encuentro de ambas mujeres.

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La dirección escénica imprime un buen ritmo y extrae del elenco fuerza y energía durante toda la evolución de la pieza hacia su esclarecedor y contundente final. Hay un buen trabajo de escenografía e  iluminación y un acertado diseño de vestuario que logra perfilar muy bien cada carácter.

“La Jocelyn”: Elenco: Fernanda Allendes, Valentina Tejeda y Felipe Verdugo / Dirección: Camilo Reyes / Dramaturgia: Valentina Tejeda. / Diseño Integral: Navalú Toledo. / Diseño de Iluminación: Reynaldo Valencia. / Sonido: Rodrigo Gallardo. / Fotografías: Elio Frugone Piña – www.fototeatro.cl / 4 al 27 de Octubre / Jueves, viernes y sábados 20:30 hrs. / Sala Tessier. Dardignac 127, Recoleta, Santiago. / Entrada general: 5.000. – Estudiantes: 3.500.- / Reservas:  salatessier@gmail.com

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