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Por José Luis Arredondo.

El oficial Juan Martínez es un militar con un alto sentido de la honra y un tipo más bien violento, prepara su casa  – en San Felipe –  para recibir a Pedro, otro militar que viene de combatir en la Guerra contra la Confederación Perú-Boliviana (1836 – 1839), no sabe que Pedro fue un antiguo amor de su esposa María, ella tampoco sabe que el oficial que esperan es quien es y tranquilamente continúa con su lectura de “La tragedia de Otelo”. Se produce el encuentro y el fuego se reaviva entre los antiguos novios – que estuvieron ad portas de casarse hace 10 años si no hubiese sido por la oposición del padre de ella – con no pocas consecuencias para ambos.

“El Tribunal del Honor” es básicamente una trágica historia de amor en el sentido más Romántico del término, pero no se queda ahí, también resulta un potente cuadro costumbrista y una aguda pintura de la sociedad de la época, que en cuanto a resonancias hace llegar sus ecos hasta hoy. Una obra que a la luz de las luchas femeninas por librarse de la violencia patriarcal resulta de quemante actualidad. En ese sentido es una pieza adelantada y osada para su época (se estrenó en 1874), que pone en primer plano, de forma crítica, reivindicaciones de género que llegaron décadas después a encontrar su lugar en la sociedad chilena.

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Pero no lo hace vía discursos, sino poniendo los temas en cuestión mediante un conflicto dramático que los contiene en sí de forma latente, y los vierte en escena por medio de un preciso perfil sicológico de los personajes. Daniel Caldera (1851 – 1896) se basó en un hecho real para configurar la historia, eso fortalece su discurso ideológico, otorgando a la pieza un inequívoco carácter político que la hace contingente y transforma casi en una crónica.

Mucho se habla de su carácter fundacional en cuanto a la consolidación de una dramaturgia chilena que ya hunde sus raíces en nuestra idiosincrasia y costumbres, pero a mi juicio, y sin resultar por esto excluyente, su valor es que logra instalar de forma clara un conflicto social de permanente resonancia: El autoritarismo militar, ligado inequívocamente a hechos de violencia; la sumisión de la mujer al estar en desventaja e  inserta en una sociedad patriarcal y piramidal; el servilismo al que se condena a las clases bajas (el mudo sirviente con trazas de gañán); y la ciega obediencia a los dictámines de quien detenta el poder económico en el núcleo familiar (el dueño de casa). Una realidad que en apariencia puede haber cambiado, pero que basta hurgar un poco en nuestro cuerpo social para darnos cuenta que no hay nada muy nuevo bajo el sol en cuanto a prejuicios, abusos y desigualdades.

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La puesta en escena tiene varios méritos a destacar: Rescata una forma decimonónica, un tanto decadente, de teatro, que sin llegar a deconstruirla la evidencia en su “revés de la trama”; configura un ambiente realista, pero lo interviene para que no se transforme en una pieza de museo ante nuestros ojos (con sutiles pero claros quiebres distanciadores – Nick Cave, Sinatra -); potencia a través de estos elementos el discurso político y social de la época a la vez que no la priva de su imaginería teatral (las candilejas, la máquina de viento); y homenajea una dramaturgia y una forma de hacer teatro buscando en sus resonadores lo que hoy nos puede llamar la atención e interesar de un tipo de teatro como este.

De las actuaciones resalto con especial énfasis las de María Paz Grandjean, Natalia Valladares, Nicolás Pavez y Rafael Contreras; Michael Silva saca adelante su rol pero resulta plano, sin relieves y carente de fuerza; Completan el elenco Paulo Stingo y Jorge Salazar.

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La dirección de Juan Pablo Peragallo hace fluir la acción y la dota de un buen grado de tensión, enfatiza la violencia y desigualdad patente contra la mujer, y mediante los elementos de distanciamiento, refuerza el carácter ideológico de la propuesta.

Apoyan muy bien el punto de vista de esta versión la escenografía de Gabriela Torrejón – una especie de “Casa de Usher” (Poe) – , la iluminación de Andrés Poirot – jugando con luces y sombras que dan un carácter oscuro, poco acogedor y rancio a la casona – y el vestuario de Loreto Monsalve, que refuerza este aspecto. Al igual que la música de Alejandro Miranda.

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Del 18 de octubre al 24 de noviembre a las 20 horas, de miércoles a sábado en la Sala Antonio Varas (Morandé casi con Alameda).

Bien el Teatro Nacional Chileno al rescate de una obra que es parte de nuestro patrimonio cultural y que es valioso dar a conocer en una versión que potencia su actualidad.

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