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Por José Luis Arredondo.

Una de las gracias de los clásicos es que rompen la barrera del tiempo; otra, es que suelen adelantarse a su época. Calan tan hondo en la condición humana, que bien pueden vaticinar o hacer predicciones sobre nuestro futuro. Revelan, en lo esencial como fuimos ayer, qué somos hoy y en qué nos convertiremos en el mañana. Cambia el envase; el contenido permanece.

Hedda Gabler es una mujer de fines del siglo XIX atravesada por conflictos del Siglo XX  que se proyectan al XXI. Un espíritu que en las postrimerías del Romanticismo encarna con aguda certeza el tormento existencialista e incluso, posmoderno. Es una criatura que vive en una constante angustia, surgida de la genialidad del noruego Henrik Ibsen (1828-1906), que supo retratar la condición humana de cuerpo entero.

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Mujer de armas tomar, literalmente, Hedda Gabler es hija de un militar y fue criada en una familia acomodada con amor y rigor. La imagen paterna, materializada en dos pistolas que heredó de su progenitor, la acompaña día y noche y es casi un leit motiv en su vida. Hedda es, de algún modo, una proyección femenina del capitán Gabler.

A sus 29 años acaba de casarse con Jorge Tesman, un académico gentil y más bien mediocre al en realidad que no ama. Al comienzo de la obra, la pareja regresa de una larga luna de miel que no fue tal, y se instalan en una casa a medio construir, que será desde ahora el hogar de los Tesman Gabler. Ahí se encuentran con Juliane (tía de Jorge), la Sra. Elvsted (antigua amiga y compañera de colegio de Hedda), el juez Brack, y Ejlert Lovborg, un brillante académico y literato ex alcohólico y antiguo amor de Hedda.

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El conflicto se desata cuando Hedda y Jorge se dan cuenta que el puesto en la universidad que éste pretende es el mismo al que postula Lovborg, y que este último con más méritos intelectuales pero carece de los contactos sociales de Tesman. En allí cuando Hedda pone manos a la obra para que su esposo no se vea despojado de ese trabajo que les brindará tranquilidad económica y estatus social como matrimonio. Sin embargo, no todo sale según ella lo tiene previsto, ya que se ve arrastrada por su carácter y las circunstancias que la rodean hacia un final trágico y ejemplificador.

Hedda Gabler y su fuerte personalidad son el centro gravitante de la obra. La hija del capitán es una mujer carcomida por el hastío y el tedio hasta la médula de los huesos, tanto que en un momento se pregunta si su real vocación no será sino el aburrimiento. Es un personaje que no calza en absoluto con la imagen y el rol femenino de la sociedad victoriana, está muy lejos de ser una Nora (protagonista de “Casa de Muñecas”), y deambula por la vida odiando todo y a todos. Por dentro es un volcán y por fuera un hielo de filosos y cortantes bordes.

Hedda arrastra una insatisfacción que bien calza en la problemática humana del ser humano contemporáneo, y en su mente y espíritu se anida una angustia existencial más propia del siglo XX que de 1891 (año en que se estrenó la obra). Ella es un ser dotado de una aguda inteligencia, puesta al servicio de una perversidad que finalmente la arrastra al abismo.

En Hedda, Ibsen configura la más sombría imagen del ser humano posmoderno: un ser angustiado e insatisfecho, que no sabe lo quiere, y que cuando consigue algo solo le sirve para darse cuenta que eso no lo satisface ni llena. Hedda es el vacío que se llena de “sonido y de furia”, en una existencia estéril, sin más propósito ni fin que consumirse en su fuego.

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La versión dirigida por Claudia di Girólamo y que actualmente presenta el Centro GAM pone el acento en la contemporaneidad de Hedda y su conflicto interno, saca la acción de su época original y la inserta en un espacio entre abstracto y concreto. Ya no hay ‘casa’ propiamente tal sino más bien un sitio que podría ser un invernadero, una bodega o un frigorífico. Sólo unos detalles de utilería dan cierto aire a hogar -un sofá, una silla, una lámpara de colgar que permanece en el piso-. Estos elementos refuerzan los significados más internos de la pieza; la oscuridad y frialdad ambiente nos remiten al espíritu de la protagonista, y la atemporalidad refuerza el discurso más “ideológico” de la obra y su crítica social.

Las actuaciones del elenco son en su totalidad muy solventes, con el matiz de que Hedda Gabler y la Sra. Elvsted realizan acciones físicas con su cuerpo que quiebran el estilo realista de actuación. Esto no sucede con los otros personajes y, de alguna manera, rompe la unidad de estilo en lo actoral como conjunto.

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Amparo Noguera es una Hedda Gabler que acentúa la perversidad del rol, transmite bien su frialdad y pragmatismo, y también entrega la angustia que le provoca a la protagonista ese tedio monumental que la asfixia. La actriz se mueve como un animal enjaulado y por momentos parece una ‘Gata sobre un tejado de zinc caliente’. Sus aproximaciones a su amiga, la Sra. Elvsted (interpretada por Marcela Salinas), resultan ambiguas en lo sexual y evidencian una carga bien resuelta por la actriz, al igual que la soterrada violencia que ejerce sobre su entorno.

La Sra. Elvsted funciona bien como la contraparte de Hedda. Se trata de una actuación de quieta expresividad y claras sutilezas, que de pronto se rompen en acciones que la evidencian como una mujer que no por abnegada deja de ser apasionada.

Muy bien el Jorge Tesman de Francisco Ossa, construido con un acertado enfoque que no se queda pegado en la aparente pusilanimidad del personaje y lo hace crecer durante el desarrollo del conflicto.

Lo mismo sucede con el Ejlert Lovborg que encarna Néstor Cantillana. Este es un personaje atormentado y destruido que se aferra a su nuevo libro inédito (que todos juzgan como magistral) como un náufrago a una tabla de salvación. Es una buena labor del actor, que expresa la angustia del ex alcohólico que lucha por no recaer, a la vez que intenta no sucumbir a su perfil de artista maldito. Un complejo personaje en el que Ibsen cifra los valores de un humanismo que lucha por no ser aplastado y que Cantillana sabe dotar de ese Sturm und Drang que define al espíritu Romántico según Goethe.

Rodolfo Pulgar como el Juez Brack entrega uno de los mejores trabajos del montaje. Brack es un funcionario que resulta un ejemplo cabal del calculador que se mueve por la vida usando y abusando de su red de contactos, y está inserto en un entramado de poder del que se beneficia y goza casi impunemente. Desea a Hedda y se mantiene lo más cerca posible de ella para dar el zarpazo en cuanto pueda. Pulgar llena el papel con seguridad y desparpajo. Su Juez se torna reconocible y funciona muy bien como reflejo de una especie que es la que mueve los hilos del poder en toda época.

Completan el elenco con solidez Gloria Munchmayer como Juliane Tesman, tía del marido de Hedda, y Josefina Velasco como la criada Berta.

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Esta es una versión que da cuenta de la tensión en la que se mueven los personajes, que refleja bien la sordidez de la protagonista y las sombras que emanan de ella y envuelven el ambiente. La puesta en escena pone en evidencia la aguda claridad del autor de “Un enemigo del pueblo”, para retratar desde su época los conflictos del hombre moderno. Hedda Gabler nació en el siglo XIX, pero vive con absoluta claridad su conflicto en el siglo XX y también el XXI. Es el valor que hace que los grandes clásicos vivan siempre en el presente.

Texto original: Henrik Ibsen / Versión: Alexis Moreno / Dirección: Claudia di Girolamo / Música: Miguel Miranda / Diseño de escenografía e iluminación: Cristián Reyes / Diseño de vestuario: Pablo Núñez / Asistencia de dirección: Javiera Mendoza / Producción Vestuario: Alexis Paredero / Relización Vestuario Femenino: Olivia Bustos  / Sastre: René Riegga / Tocados y accesorios: Andy Moreno /Producción general: Freddy Araya / Fotos Patricio Melo.

En el Centro Gam. Hasta el 15 de diciembre de 2018. Miércoles a sábado a las 20:30 hrs. Entradas: 8.000 y 4.000 pesos.

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