Por José Luis Arredondo.

Se estrenó el recién pasado 27 de enero en el Festival Sundance y este 1 de febrero en Netflix.

Lo más interesante es cómo juega con diferentes géneros cinematográficos sin naufragar ni confundirse. Parte como una efectiva comedia satírica y un poco negra sobre el mundo del mercadeo de arte a muy alto nivel, y de ahí deviene a un thriller sicológico, para desembocar finalmente en una cinta de horror explícito.

Jake Guillenhaal es un ácido crítico de arte, de enorme influencia dentro del mundo de la pintura y su mercadeo. Mantiene una pragmática relación de negocios con René Russo, una galerísta top cuya secretaria, por accidente, se topa con un vecino pintor que acaba de morir en el pasillo de su edificio.

El tipo ha estado quemando todas sus obras, y en esto lo sorprende la muerte. Así que ni corta ni perezosa, la chica se «queda» con todas las pinturas que se salvaron del fuego … pésima idea por los acontecimientos traumáticos y siniestramente divertidos, en algunos casos, que desencadena este hecho.

La película juega bien sus cartas y no se confunde, transita bien entre la sátira, la comedia negra y el horror. Tarea no menor ya que son géneros que tienen muy bien delimitadas sus fronteras. En este sentido es una cinta totalmente ecléctica e híbrida.

Ayuda al buen resultado un elenco de total solvencia y una dirección que no se desvía del camino trazado, muy buenos efectos y un montaje que mantiene muy bien el nivel de tensión y suspenso. Hay humor y horror, dos cartas difíciles de conjugar en una sola mano y que aquí resultan dos ases.

Disponible en Netflix.

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