Por José Luis Arredondo.

A primera vista Carlos Gutiérrez (John McInery), tiene una doble vida, de día es un anónimo obrero en una desarmaduría de electrodomésticos y de noche Elvis Presley. Finalizada la jornada laboral cambia un overol manchado por el traje reluciente y brillante del Rey del Rock.

A primera vista, porque para Carlos su vida es una sola, solo que las apariencias engañan, porque él es Elvis, no Carlos, tanto así que a su esposa Alejandra (Griselda Siciliani), la llama Priscilla y a su pequeña hija (Margarita López) Lisa Marie.

Entre la rutina de su trabajo diurno y los shows en eventos privados o en periféricos locales nocturnos del Gran Buenos Aires, su mente va fraguando lo que será un viaje trascendental en su vida: llegar hasta la mítica mansión Graceland en Menphis, como quien dice, su casa.

Un percance familiar lo hace posponer su viaje y hacerse cargo, por un tiempo, de su hija, a quien no ve mucho desde que se separó de su esposa. Este acercamiento le permitirá a el entrar en la vida de la niña y a ella descubrir y palpar de cerca el lado artístico de su padre y su obsesión.

«El último Elvis» es un emotivo viaje al interior de un ser humano obsesionado con ser otro. No hay aquí ni burla ni parodia, tampoco ridículo o sarcasmo. Bo se adentra en el alma y la mente de Carlos con afecto y cariño, no lo juzga ni analiza, simplemente lo expone en su trastorno de personalidad con sutileza y sentimiento.

De pasada se adentra parcialmente en el alucinado mundo de los dobles (al modo de tributo). Una variopinta fauna que vive de «ser» por unas horas, el objeto de su adoración fanática.

La película transcurre con pausa y sin prisas hasta que un hecho tensa la cuerda, Carlos está próximo a cumplir 42 años, edad a la que murió Elvis.

Este acontecimiento le significa un giro trascendental en su vida y «carrera», ya que obviamente siendo Elvis encarnado deberá tomar algún tipo de drástica determinación.

«El último Elvis» es una cinta de muchos méritos, expone muy bien la obsesión del protagonista sin juzgarla, y logra buenas actuaciones, a pesar de que se nota falta de manejo actoral por parte de McInery en las escenas más dramáticas. Un montaje de muy buen ritmo saca partido a un excelente guión y la ambientación está muy lograda.

Más que un estudio de la personalidad y los factores que inciden en su alteración, es el retrato de un ser humano que se pone casi literalmente, en la piel de otro como escape a una realidad gris y pedestre.

Disponible en Netflix

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