Por José Luis Arredondo.

Ver dirigir al maestro Juan Pablo Izquierdo ya es toda una experiencia que trasciende lo puramente musical. Su cuerpo tenso al inicio, con una rigidez solemne, se despliega a poco andar en gran expresividad corporal, hay algo teatral en su entrega, transmite a los músicos cada intención de la partitura con recursos que van desde una mirada a una enérgica indicación en la que compromete toda su corporalidad. Cada presentación suya es un despliegue envidiable de energía, compromiso, talento y virtuosismo.

La velada partió con una vibrante ejecución de la obertura del ballet “Las criaturas de Prometeo”, de Beethoven, una temprana obra estrenada en 1801, que sin embargo ya acusa toda la fuerza propia del Romanticismo que luego desplegará el músico, aunque son ineludibles todavía las fuertes influencias del Clasicismo. El maestro sabe y maneja estas dos vertientes presentes en la obra con total exactitud, toda la energía Romántica y la delicadeza Clásica en bandeja de plata.

Las criaturas del Titán Prometeo dieron paso a otra cumbre Beethoveniana que tuvo su gran noche esta oportunidad. El Concierto para piano y orquesta 3 en Do menor op 37, estrenado en 1803, comparte con “Las criaturas de Prometeo” el ser una pieza temprana pero absolutamente definida del estilo. Una obra que requiere de un intérprete virtuoso de técnica totalmente asimilada y con una agilidad frente al teclado a toda prueba, labor plenamente cumplida por el maestro Filippo Gamba, que logró perfecta compenetración con la dirección de Izquierdo, y sorteó con brutal seguridad todas las dificultades de la pieza.

Fue este un Beethoven pianístico contenido, impecable en cuanto a técnica y muy expresivo, Gamba no se desborda en sí, ya lo comprobamos en su recital solista el lunes 11, pero logra transmitir una pasmosa seguridad y experiencia que no deja oculto o inadvertido ningún detalle de la obra. Una entrega en la que el virtuosismo y la exquisitez interpretativa fueron el sello.

20 minutos de intermedio y entramos de lleno al mundo del húngaro Bela Bartok. Un mundo que incluye en este caso aperitivo de entrada y plato de fondo.

El aperitivo corrió por cuenta del maestro chileno Cirilo Vila (1937 – 2015), y su “Elegía (In Memoriam Bela Bartok)”, obra estrenada en 1981, en las Semanas Musicales de Frutillar, por la Orquesta de Estudiantes de Chile, bajo la dirección del maestro Francisco Rettig. Pieza para orquesta de cuerdas y timbales, de carácter lírico y más bien íntimo y sombrío, que evoca la “Música para cuerdas, percusión y celesta”, de Bartok, y que resulta como un punto de partida sobre el que Vila teje un rico entramado sonoro, que claramente va más allá de un homenaje, constituyendo una pieza de gran vuelo personal.

La atmósfera quedó así preparada para el ingreso de la Suite El Mandarín Maravilloso, op 19. Una obra en la que Bartok despliega a toda la orquesta en lo que fue originalmente un ballet pantomima, que musicalmente se disemina por varios estilos contemporáneos, del modernismo al expresionismo, sin dejar pasar esa impronta folclórica tan arraigada en el espíritu del compositor.

Una pieza de sonidos exultantes, enérgicos, vibrantes y brillantes, que Izquierdo manejó con desplegada expresividad. Lucimiento absoluto de una Filarmónica de Santiago que sin duda anota este concierto como un punto alto de su temporada, aún cuando esta recién parte.

Nuevamente el maestro Izquierdo nos brinda una clase de dirección orquestal, con cuatro obras que configuraron en conjunto una velada musical de enorme calidad en todos sus aspectos.

Última función hoy jueves 14 a las 19 hrs en el Municipal de Santiago.

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