Por José Luis Arredondo.

La partida la dio el argentino Alberto Ginastera y su Suite Panambí (1934 – 36), en lo que se puede entender casi como una obertura (en el sentido de adelantar y sintetizar todo el programa), de la velada musical.

Una obra que alterna suaves cuerdas y delicados vientos, con una percusión vibrante y de inequívoca raíz folclórica. Pieza que sirvió para tomar el pulso de la Orquesta y su conductor, Helmut Reichel, destacado maestro chileno radicado hace años ya en Alemania. Una entrega solvente en una obra breve pero no menor del compositor de, entre otras, la Suite Estancia, ampliamente conocida y difundida dentro de su variada y rica producción.

Breve pausa y entramos al Concierto para Clarinete, de Aarón Copland, y dicho sea de paso, uno de los maestros más influyentes que tuvo Ginastera en su carrera.

Concierto que acusando una fuerte impronta clásica no escatima en adentrarse con fuerza y claridad en los terrenos del jazz, nada extraño si pensamos que es una obra dedicada por Copland al gran clarinetista Benny Goodman, y que nace precisamente como un encargo de este último.

Pieza en esta oportunidad que dio pie al lucimiento total del joven intérprete venezolano David Medina, en una entrega muy pulcra y expresiva en lo técnico, y cargada de sentimiento y emoción. Una brillante ejecución que el público aplaudió largamente y que Medina agradeció regalándonos un bellísimo y delicado arreglo de «Te Recuerdo Amanda», de Víctor Jara, acompañado de la Arpista.

Un intermedio para asimilar lo escuchado y entramos de lleno al plato de fondo de la jornada, «La Consagración de la Primavera», obra cumbre de Igor Stravinsky (Compositor de inequívoca influencia tanto en Ginastera como Copland), y pieza referencial de la música del siglo XX.

En rigor La Consagración es un ballet con coreografía original del mítico Nijinsky, pero su calidad e importancia estética hacen a su partitura una obra totalmente independiente. Aquí brilló una vez más la calidad y experiencia de la Sinfónica, en una entrega que dio cuenta cabal de toda esa fuerza de carácter primitivo y ritual que domina la obra, con esos vientos y esa percusión que te hacen cortar la respiración. Un «canto» a la naturaleza que se eleva al nivel de la gran «Canción de la Tierra», de Mahler, en su inspirada fuerza.

La conducción de Helmut puso sobre la mesa todo el salvajismo y agresividad sonora de la pieza, que tan bien respira junto a momentos de hondo lirismo, en una interpretación redonda, de vibrante pulso y marcada personalidad.

Un programa de clarísimo carácter modernista, con tres compositores unidos por un hijo invisible que le otorgó casi un sentido conceptual a la jornada.

Gran inicio de temporada para la Orquesta Sinfónica Nacional de Chile

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