«Yo soy mi propia musa» es la muestra de artistas latinoamericanas (1919-1939) que reivindica la creación femenina. Destacan obras de Frida Kahlo, Tirsa do Amaral y Raquel Forner.

A fines de los años 20, las mujeres lograban colarse con dificultad en las muestras de arte de vanguardia. Para las latinoamericanas era aún más complejo, pero lo hacían. En 1928, por ejemplo, la chilena Laura Rodig y la argentina Raquel Forner expusieron en la mítica galería Zak en París, compartiendo espacio con Diego Rivera y Joaquín Torres García.

A fines de la Primera Guerra Mundial, la capital francesa se convertía en el punto de encuentro de muchas artistas latinoamericanas que llegaban a estudiar a las Academias de La Grande Chaumière o el taller del artista André Lhote, uno de los pocos espacios donde se les permitía ensayar con modelos vivos. En otros lugares el desnudo pintado por mujeres era simplemente escandaloso. En Colombia, Débora Arango intentó exponer los desnudos que había hecho de sus hermanas y primas, pero recibió la censura de la Iglesia. Ella refutó diciendo que su maestro Pedro Nel también pintaba desnudos y la respuesta fue rotunda: “El es hombre”. Otras como la brasileña Tirsa do Amaral, preferían autocensurarse: en 1923, estrenó en París La negra, retrato de una mujer calva y desnuda que reflejaba el tema de la población afro-americana en Brasil; tres años después, la dejó fuera de su primera muestra individual en Río de Janeiro: era “muy controvertida” según su propia opinión.

Una segunda versión de La negra, de los años 40, más otras obras emblemáticas de 40 artistas latinoamericanas se dan cita por primera vez en Chile en la muestra Yo soy mi propia musa, que abre el 17 de abril en el Museo de Bellas Artes, con la curatoría de Gloria Cortés en colaboración con Kugi Projects-Arttena, de España y enmarcada dentro del Sello Mujeres Creadoras del Ministerio de las Culturas.

Las piezas provienen de 30 colecciones privadas, además de espacios culturales como la Pinacoteca de Sao Paulo, el MALI de Perú, la Fundación Forner de Perú, y por su puesto nuestra pinacoteca nacional “Es primera vez que esta escena femenina se exhibe como tal. Sus lazos son afectivos y solidarios; comparten temas, contextos y luchas”, dice Cortés, autora del libro Modernas, sobre la escena local de artistas de 1900 a 1950.

Arte y derechos

Durante la Primera Guerra Mundial y la Guerra Civil española, muchas artistas huyeron a Sudamérica, como la inglesa Leonora Carrington (1917-2011) y la española Remedios Varo (1908-1963), cultoras del surrealismo, que se radicaron en México. “Ellas se comen las vanguardias y las usan con un sello local. El surrealismo de Carrington y Varo es más bien esotérico, algo propio del movimiento Protofeminista”, dice la curadora. En la muestra estarán el óleo Asurbanipal (1955) de Carrington y Revelación (1955) de Varo.

El autorretrato, el cuerpo femenino, la otredad indígena y racial y la propia guerra, en su dimensión existencialista, fueron preocupaciones de estas artistas. También la política: militaron en partidos y lucharon por el derecho a voto, que en Chile se consiguió en 1949.

Artistas locales que lograron destacar lideraron también el movimiento feminista como Laura Rodig, que viajó con Gabriela Mistral a México, entre 1922 y 1924, invitadas por el ministro de Educación José Vasconcelos, o Dora Puelma (1898-1972), quien fue profesora de pintura de la Escuela de Bellas Artes, escribió en el diario La Nación y El Mercurio y organizó varias muestras colectivas de mujeres. “Las vanguardias eran movimientos masculinos que se desarrollaron en la bohemia, donde las mujeres no podían acceder. Pero sí muchas de ellas lograron ser respetadas y bien criticadas. El problema es que si bien algunas lograron aparecer en los libros de historia del arte, políticamente no eran ciudadanas, no podían votar y eso siempre las dejaba en un escenario desigual”, resume la curadora.









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