Por José Luis Arredondo.

Regularmente el grupo «Dragón», que a la fecha son dos integrantes, se reúne en una Fuente de Soda de Plaza Italia (El Prosit), a planificar sus creaciones escénicas. En ese espacio plagado de mesas, informal e impersonal, entre aromas a ketchup y mostaza y al «calor» de unos schop y completos, discuten y debaten sobre lo que será su próxima actividad, la que esta oportunidad será una instalación relacionada con el activista e intelectual revolucionario y firme defensor del llamado Black Power, Walter Rodney (Guyana, 1942 – 1980), asesinado el 13 de junio de 1980 con una bomba en su automóvil.

La instalación en sí está definida, al centro de una galería de arte se colocará un automóvil rojo, el cual en un momento explotará (simulación) volando por el aire con uno de los integrantes del colectivo artístico en su interior. Para esta instalación, «Dragón» ha convocado a una nueva integrante (Francisca Lewin), que con sus dudas, preguntas, ideas, enfrentamientos y nociones, gatilla el conflicto que viene a poner en tensión todo el proceso creativo del grupo en pos de llevar a cabo su nuevo trabajo escénico.

«Dragón» es una radiografía, o un scanner o un buceo por las aristas de una creación artística escénica con todo lo que ella implica, que no es poco. Calderón «pone en cuestión» (así denominaba la Inquisición a los interrogatorios), un proceso artístico desde todos los ángulos posibles. Por la naturaleza del tema (el crimen político de Rodney), campean las consideraciones y debates de carácter ideológico, que van desde cuestionamientos al sistema, hasta la relación del arte y los intelectuales con Africa, los derechos humanos, la inmigración y la explotación laboral, entre otras.

El proceso en sí actúa como una Caja de Pandora, cada día que transcurre entre cervezas y completos en la fuente de soda, depara nuevas sorpresas, asoman nuevas consideraciones y brotan nuevas tensiones, en el ansia y el estrés de darle cuerpo a las ideas y cabeza al proyecto.

Por cierto que todo dentro de una lectura que no deja de lado el humor, muy por el contrario, como si Calderón tomara un poco de distancia y se riera de esas eternas, a veces infructuosas, sesiones creativas en donde brotan las ideas más peregrinas y las intelectualizaciones más rimbombantes o banales y falaces, en pos de articular la obra que se está cuajando. Momentos que pueden pasar de la conversación más centrada y civilizada al debate más violento y encarnizado casi sin transición.

«Dragón» no busca explicaciones a la búsqueda artística, o más bien las busca de forma oblicua, hurgando a tientas en el back stage del qué y el cómo. Acercándose y alejándose del fenómeno para visualizarlo mejor, sabiendo que, en definitiva, deconstruir un proceso de este tipo, o su fruto, es destruirlo un poco, o a lo menos despojarlo de ese componente inefable que conforma toda obra artística.

El espacio escénico como tal, no aporta esencialmente al desarrollo de las ideas, podría haber sido una fuente de soda u otro sitio de características similares (práctico, frío e impersonal). Aún así funciona como lugar – neutro – de encuentro. Buen trabajo de iluminación y acertado vestuario. Al igual que el diseño audiovisual que pone en nuestra retina imágenes de Walter Rodney, como para no perder el centro ni el eje de la discusión.

Las actuaciones son buenas y de nivel muy parejo, hay compromiso y energía en la entrega, y sobretodo clara diferenciación en los caracteres de cada cual.

La dirección imprime buen y sostenido ritmo en general, con un manejo progresivo de la tensión, y con el espacio suficiente para que el espectador asimile bien y con claridad el texto, cosa aquí primordial.

Mi pregunta va por el lado de hasta qué punto el público (así en genérico), lejano y ajeno a lo que entraña un proceso artístico, puede motivarse por una pieza de esta naturaleza y características. «Dragón» por momentos parece ser una obra hecha por y para gente de teatro, que en última instancia es la que más acceso tiene al fenómeno expuesto. Dejo planteada la inquietud.

«Dragón», escrita y dirigida por Guillermo Calderón. Con Luis Cerda, Camila González y Francisca Lewin.

Asistencia de dirección: Ximena Sánchez / Diseño Integral: Rocío Hernández / Vestuario y Asistencia de Diseño: Daniela Vargas / Realización Audiovisual: Alex Waghorn, La Copia Feliz y Ximena Sánchez / Producción: María Paz González.

Desde el 5 de junio en el Teatro UC (Plaza Ñuñoa – Metro Chile España).

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