Por José Luis Arredondo.

En el marco de los 100 años de la Universidad de Concepción, la Corporación Cultural de esa casa de estudios se unió al Teatro Regional del BioBio para presentar una gran producción de la ópera “Madama Butterfly”, de Giacomo Puccini (1858-1924), en tres funciones entre el martes 20 y el sábado 24 de agosto.

Estas funciones del trágico y referencial título de la producción pucciniana, estrenada mundialmente en 1904 y presentada aquí en una edición Ricordi de 1907, revestían un carácter especial, porque por primera vez una producción de ópera completa subía al flamante y enorme escenario del Teatro BioBio, inaugurado hace un año y medio y ubicado en la ribera del río del mismo nombre.

La emotiva historia de la joven geisha Cio Cio San, engañada por el oficial de la marina norteamericana Benjamín Franklin Pinkerton, encuentra un profundo y expresivo eco en la interpretación de la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Concepción (formada aquí por 76 músicos) a cargo en esta oportunidad del joven maestro Lorenzo Tazzieri (34 años), quien debuta con este trabajo en nuestro país.

Con mano segura y conocedora, Tazzieri extrae de la partitura toda esa riqueza sonora que va desde lo más íntimo y lírico, en el aporte de las cuerdas y maderas, para reflejar la espiritualidad de la protagonista, hasta el telúrico despliegue de los vientos y percusión que enmarcan cada momento trágico, para culminar en la hecatombe final.

En «Madama Butterfly» se combinan muy acertadamente elementos de íntimo y delicado lirismo con otros de trágica fuerza expansiva. En este caso el maestro Tazzieri equilibra con mucha expresividad ambos aspectos, manejando siempre con delicadeza el volumen de la orquesta y haciendo fluir acertadamente la carga emotiva de la historia de amor en el primer acto, y esa lacerante desolación que envuelve a la protagonizada en el segundo y tercero, hasta el aciago desenlace.

Del elenco de cantantes, cabe primero destacar la enorme calidad interpretativa de todo el conjunto.

La soprano argentina Mónica Ferracani llena cada espacio del rol, desde el juvenil entusiasmo por su casamiento hasta el desgarrador dolor de verse traicionada y abandonada. Con su consabido oficio, transita cómodamente por cada escena y exhibe enorme seguridad en todo estado anímico. Cada frase y cada palabra encuentran el justo peso en su voz. Buenos graves, una zona media firme y de muy teatral calidad sostienen potentes agudos que no pierden brillo, volumen ni potencia a lo largo de todo el fatal periplo.

El tenor José Azocar debió asumir de improviso el rol, ante la ausencia, por motivos de salud, del titular Luis Olivares. En ese contexto sale airoso, sobre todo en razón de su experiencia, en un papel que, al menos durante el primer acto, resulta de una enorme exigencia.

El Sharpless que configura el barítono Christian Senn se despliega con toda la profunda y elegante nobleza que distingue al personaje. El cónsul americano es el único apoyo moral que tiene Butterfly ante el abandono de Pinkerton, y Senn lo conduce muy bien. Su timbre es esencialmente bello, aterciopelado, de cremosa consistencia y hermoso color. Tiene excelente manejo del volumen y es muy creíble teatralmente. Sin duda su trabajo constituye uno de los puntos más altos de la velada.

Excelente es la Suzuki de la mezzo argentina Florencia Machado. Cautiva con un generoso volumen y una emisión clara, potente y embebida de dramatismo. Tiene facilidad para alcanzar notas agudas con precisa fuerza expresiva y en lo teatral es expresiva y convincente.

El barítono Ricardo Seguel nos deleita con un volcánico Bonzo, el tío monje de Cio Cio San que irrumpe airadamente en el matrimonio para repudiarla por haber renegado del Budismo para abrazar la fe de Pinkerton. Seguel es dueño de una voz potente, su material es robusto y de granítica consistencia, cualidades que calzan perfectamente al papel y a la breve pero muy dramática escena que protagoniza. Otro enorme acierto de este casting.

Me impactó la madurez interpretativa que ha alcanzado el joven tenor Leonardo Navarro. Su voz se despliega segura y bella e inunda la sala. Su actuación como el casamentero Goro es electrizante, configura por instantes un ser violento y solapado. Un personaje de temer, que Navarro, enfundado en un look dark, transforma en un joven casi delincuente. Además, posee buen volumen, y un fraseo notablemente recio, cortante y punzante.

No se quedan rezagados el barítono Pablo Castillo como el tardío pretendiente Príncipe Yamadori, ni el Comisionado del bajo Carlos Iturriera, ni la atractiva Kate Pinkerton (la esposa americana del traidor e infiel marino) de la soprano Natalia Vilches, así como el Registrador Oficial del barítono Fabián Bello.

El elenco de ‘Madama Butterfly’ en Concepción: Marianela Camaño, el tenor José Azócar, el barítono Christian Senn, la soprano Mónica Ferracani, el bajo Carlos Iturrieta, Lorenzo Tazzieri, Christine Hucke, el barítono Pablo Castillo, la soprano Natalia Vilches y el tenor Leonardo Navarro.

Muy buen despliegue del Coro a cargo del maestro Carlos Traverso, en especial el femenino, que se lleva buena parte del peso de la obra. En general sonó afiatado y balanceado entre la orquesta y los solistas.

La puesta en escena de Christine Hucke se enmarca dentro de la tradición; si bien no estamos en el Nagasaki de finales del siglo XIX y principios del XX, tampoco nos encontramos en una época completamente contemporánea. Más bien el montaje ofrece una mixtura, una innovación temporal, que se inserta en una estética tradicional y que, con la casa japonesa y los paneles, logra manejar el espacio del vasto escenario penquista.

Tradición y contemporaneidad conviven en general bien en esta puesta en escena, aunque hay soluciones desafortunadas como la inclusión de unas mesas plásticas y pisos del mismo material, para acomodar a los asistentes al matrimonio de la joven y el oficial, en el primer acto. Diversas imágenes que se proyectan sobre el fondo del escenario ayudan a crear las debidas atmósferas y dan adecuado marco a las escenas (un cielo estrellado, las lamparitas que flotan en el agua durante el dúo de amor, una calle nocturna del puerto, el mar por donde navega el barco que trae de vuelta a Pinkerton luego de su prolongada ausencia).

El vestuario de Marianela Camaño cumple con un diseño cuidado aunque sin mucha unidad estilística; manifiesta es la contradicción entre el look de Goro y el de Suzuki, por ejemplo, en cuanto a una diversidad que no por ser tal debe chocar entre sí. Correcta es la escenografía y el diseño de luces a cargo de Patricio Pérez.

Esta es una producción de «Madama Butterfly» que le deja la vara muy alta no sólo al propio Teatro del BioBio sino también a los demás teatros regionales y, sin duda, a los de Santiago.

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