Por José Luis Arredondo.

Asistir al estreno de una ópera barroca en Chile no es frecuente, y por eso el estreno de esta producción de “Rodelinda”, de G. F. Händel, en la histórica sala de calle Agustinas se puede catalogar desde ya como el acontecimiento lírico de la temporada.

Más aún cuando estamos frente a una versión, que aun con cortes (aquí dura 2 horas 30 de música con un intermedio de 20 minutos), resulta todo un ejemplo de calidad artística, tanto en sus aspectos musicales como teatrales.

La historia de la reina lombarda y todo el drama que la rodea, al supuestamente perder su esposo Bertarido y verse acosada por el malvado Grimoaldo que busca el trono a través de ella (llegando incluso a amenazarla con matar a su hijo Flavio si no accede a sus demandas), logra un gran vuelo musical en la batuta del maestro Philipp Ahmann.

El conductor extrae de la Orquesta Filarmónica de Santiago un sonido barroco químicamente puro, de corte camerístico y noble sello, hermoso en su sonido y muy expresivo, tanto en la agilidad y complejidad de las arias como en el soporte de los numerosos recitativos.

La Rodelinda que interpreta la reconocida soprano española Sabina Puértolas se impone con comodidad; su registro es amplio, sólido y de buen volumen, y su fraseo posee claro sentido dramático. Tiene facilidad para moverse con rapidez en toda la extensión que le exige la partitura, a pesar de que sus agudos suenan, por momentos, un tanto tirantes.

Ver y escuchar al contratenor catalán Xavier Sabata es un festín musical y teatral. Su rey Bertarido se despliega a lo ancho y profundo de la obra. Posee una voz con toda la agilidad que necesita su particular cuerda, dotada por lo demás de un timbre robusto y contundente, muy buen volumen y un depurado sentido teatral que lo hace moverse con comodidad y muy buena expresión.

No le va a la saga el otro contratenor del elenco, el sudafricano Christopher Ainslie, que acopla muy bien aportando con su Unulfo una emisión más lírica que dramática y un fraseo de gran nobleza y sutileza.

El tenor argentino Santiago Bürgi, visita habitual en este escenario (había sido parte del Elenco Estelar del anterior título de la temporada, ‘Cosi fan tutte’), presta su timbre brillante y su expresiva agilidad a un Grimoaldo servido con propiedad y desplante. Buen despliegue en toda la extensión, aunque de agudos más bien cortos.

La mezzo italiana Gaia Petrone es una muy sólida Eduige, hermana de Bertarido y reina de Pavia, de estampa casi masculina en esta puesta, y mucha fuerza escénica.

El barítono chileno Javier Arrey, como Garibaldo, duque de Turín y consejero de Grimoaldo, se explaya con un rico y sonoro material, bien timbrado y muy atractivo al oído. Arrey es el tipo de barítono que encuentra su mejor lugar en este tipo de repertorio y en el lied. La suya es una gran labor, engarzada en las características dramáticas, bases del rol, y en sus aristas más líricas.

Muy buena incursión de la pequeña María Prudencio como Flavio, hijo de Rodelinda y Bertarido, en un papel mudo (relevante para la puesta en escena, sin embargo) que la niña entrega con ángel y seguridad.

Una de las grandes fortalezas de esta «Rodelinda» es su puesta en escena, lo que se agradece y aprecia en un país donde, en general, los montajes de ópera dejan mucho que desear en cuanto a su calidad teatral.

Lo primero que resalta es el claro punto de vista que propone por el director escénico Jean Bellorini, quien instala el montaje desde la perspectiva (y casi omnipresente mirada) del niño Flavio. Es a través de sus ojos, que inundan la escena desde el fondo en varios momentos, que asistimos al drama de sus padres.

Este recurso se refrenda con el dispositivo escénico, a través del cual los ambientes, por su tamaño, se asemejan a lo que podría ser una casa de muñecas o un teatro de títeres deconstruido; y en donde unos muñecos réplicas de los personajes, adquieren mucha importancia manipulados por los cantantes. Esto otorga una cualidad de «representación» al montaje, muy contemporáneo, y lo aleja del rancio concepto del «realismo» tan manido pero querido y recurrido por varias y varios de nuestros régisseurs.

El dispositivo de Bellorini es totalmente dinámico y cambiante, lo que imprime velocidad y tensión a muchos pasajes, y evita que el desarrollo de la obra se convierta en una interminable secuencia de arias y recitativos. Apoya y resalta este concepto una cuidada iluminación realizada por el propio director, que recorta las figuras contra fondos de pulcras tonalidades y juega con luces y sombras que imprimen teatral dramatismo a la historia. En el mismo sentido va la escenografía de Véronique Chaazal, que con pocos y atemporales elementos, nos remite a una moderna lectura del estilo barroco.

El vestuario de Macha Makeieff tiene fuertes guiños a lo actual, y consigue combinar muy bien, en el caso de los hombres, chaquetas que nos remiten a un posible siglo XVIII en perfecta unión con pantalones «pitillo». Se remite así a la atemporalidad propuesta, sin caer en un malogrado eclecticismo.

Sin duda esta es una producción que desde ya se inscribe, por los logros que exhibe en lo musical y teatral, como una de las mejores propuestas de ópera del Municipal de Santiago no solo en la actual temporada, sino en el último tiempo.

«Rodelinda», de Haendel, ópera seria en tres actos con libreto de Nicola Francesco Haym y estrenada en Londres en Febrero de 1725. Funciones en el Muncipal de Santiago hasta el 2 de septiembre. Coproducción de la Opera de Lille, el Theatre de Caen y el Municipal de Santiago.

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