Por José Luis Arredondo.

El desafío era de marca mayor, llevar a la danza una novela como «La Casa de los Espíritus», el superventas de la escritora Isabel Allende publicado en 1982, es una tarea casi inabarcable. La épica de la familia Trueba es prácticamente un fresco histórico que abarca gran parte de los sucesos políticos y sociales acaecidos en nuestro país durante el siglo XX.

Una historia familiar, articulada en el devenir de varias generaciones y que posee una enorme galería de personajes, lleva en sí el riesgo de perderse en una selva de acontecimientos difíciles de traducir y contener sin el apoyo de la palabra.

Por eso me parece todo un logro la versión que nos entregó el Ballet de Santiago junto a la Orquesta Filarmónica. En rigor se trató de un encargo específico del Teatro al coreógrafo Eduardo Yedro junto al director orquestal José Luis Domínguez. Un trabajo que tomó como base el guión que elaboraron, a partir de la novela, la actriz Verónica González y la bailarina Pamela Figueroa.

La adaptación (guión) toma como cuerpo narrativo a los personajes principales (los Tueba, Del Valle y García) y los rodea de algunos secundarios para hacer avanzar la historia, que nos lleva por los acontecimientos principales que rodea esta épica familiar, política y social, en la que se condensan buena parte de los movimientos sociales y políticos que marcaron nuestra historia el siglo pasado; desde el lento declive de la sociedad de raigambre colonial, al ascenso de la clase media, las conquistas sociales del campesinado y proletariado, el triunfo de la Unidad Popular y el presidente Allende, hasta desembocar en el cruento golpe cívico militar derechista de 1973. Todo envuelto en una trágica historia de amor infiltrada de política y hechos sobrenaturales.

La opción coreográfica de Yedro va por el lado de graficar en el movimiento la psicología y sentimientos de los personajes por sobre la pantomima, aunque tampoco la descuida del todo ya que es una buena forma de «explicar» con claridad, en ciertos momentos, una acción. A la vez se sirve, y esto sin duda es una de las fortalezas de la versión, de una acertada mixtura de ballet clásico y danza contemporánea, lenguaje y técnica que el Ballet de Santiago hace tiempo domina con notables logros.

Por su parte el maestro José Luis Domínguez dota a la obra de una partitura de enorme riqueza, variedad y solidez. Tomando como base los sonidos y las texturas del post romanticismo – con claras alusiones a Wagner y Mahler – , expande su accionar hacia las postrimerías de la primera mitad del siglo XX. El suyo es un trabajo en el que se filtran con fuerza y expresiva claridad las influencias de un Stravinsky y un Richard Strauss (notorio en la rica orquestación de la obra), sin dejar de lado delicados, aunque claros en las cuerdas, guiños al impresionismo y a lo atonal. Domínguez logra así un cuerpo sonoro vibrante y expansivo (en el que priman poderosos vientos y percusión), que da medio a medio con el tono épico que caracteriza la historia.

Punto altísimo de la pieza lo constituyen la escenografía y vestuario de Jorge Gallardo, así como la iluminación de Ricardo Castro, que unidos a las proyecciones de Felipe José Hernández, dan a esta Casa de los Espíritus una fuerte impronta teatral y de puesta en escena, algo no habitual en el Ballet Clásico y que sin duda constituye un plus.

Sin duda otro logro de esta compañía de danza, cuyos solistas y cuerpo de baile vuelven una vez más a dar notable muestra de calidad, profesionalismo y versatilidad.

«La Casa de los Espíritus», un ballet de Eduardo Yedro con música de José Luis Domínguez, sobre guión de Verónica González y Pamela Figueroa, basado en la novela homónima de Isabel Allende.

Municipal de Santiago, del 11 al 17 de septiembre.

Fotos: Patricio Melo.

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