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Por José Luis Arredondo.

La primera imagen de «Ema» es totalmente decidora, un resumen y síntesis de toda la película, como si se tratase de la obertura o preludio de una ópera. Con la pantalla aún en negro, escuchamos sonidos que remiten a un espacio urbano, aparece luego un semáforo con su luz en rojo y ardiendo, lentamente lo consume el fuego, la cámara retrocede y entra a campo una figura que está de espaldas al espectador (frente al semáforo), tiene en su espalda algo como un tanque de oxígeno, y en sus manos un soplete o lanzallamas. Fundido a negro y en letras blancas aparece ante nosotros el nombre de la protagonista y el filme: Ema.

Ema (Mariana di Girólamo), decide separarse de Gastón (Gael García Bernal) y devolver a Polo (el niño que habían adoptado en el SENAME), luego de que el chico, jugando con fuego, quemara la cara de la hermana de la joven. De ahí en adelante se enfoca al cien por cien en su vocación (la danza urbana) y, de variadas formas, en buscarse a si misma entre su grupo de amistades y un deambular que tiene mucho de viaje interior, con la finalidad de dar un sentido a su existencia, sentido que pasa por el cerrar o reabrir y definir el capítulo con su hijo adoptivo.

La última cinta de Pablo Larraín (Fuga, Tony Manero, Post Mortem, El Club, Jackie), es una de esas películas laberínticas y de variadas capas y lecturas. El periplo de Ema, insertado en un Valparaiso de subidas, bajadas, calles oblicuas y senderos de enigmático fin, es un viaje físico, mental y espiritual; un camino en el que se cruzan una rica variedad de personajes que sirven para catalizar diversas consideraciones sobre temas que van desde el sexo (sobretodo sexualidad femenina) y el amor en sus más variadas formas y estilos, hasta cuestiones que se engarzan en conceptos de familia, amistad, inclusión, maternidad, paternidad, libertad, solidaridad y búsqueda de sentido a la vida.

En este aspecto «Ema» se abre como un abanico y se despliega como un caleidoscopio, en que se unen imágenes de fuerte carga simbólica y metafórica. Es una película impregnada de tensa calma, por momentos solemne, de imágenes estilizadas y encuadres que reafirman un fuerte tono poético.

El periplo de la joven, y quienes la rodean, de pronto se torna enigmático, aquí Larraín evita pontificar, dejando que los acontecimientos fluyan y se expliquen por si mismos; en este sentido «Ema» puede resultar hasta misteriosa durante gran parte de su metraje, apelando al espectador y su visión de los hechos planteados, a la hora de sacar conclusiones. «Ema» es, a fin de cuentas, una obra más implícita que explícita.

Una película muy sólida en sus planteamientos y factura, con una dirección de fotografía (Sergio Armstrong) notablemente pulcra y un montaje (Sebastián Sepúlveda) que a ratos resulta hipnótico, reafirmados en una excelente banda sonora (Nicolás Jaar). Fortaleza que se ve cimentada y reafirmada en un muy buen nivel actoral de todo el conjunto.

«Ema», un filme de Pablo Larraín / Año: 2019 / Duración: 102 min / Reparto: Mariana Di Girolamo, Gael García Bernal, Santiago Cabrera, Giannina Fruttero, Catalina Saavedra, Eduardo Paxeco, Mariana Loyola, Paola Giannini, Antonia Giesen, Josefina Fiebelkorn, Susana Hidalgo / Equipo: Guillermo Calderón, Alejandro Moreno, Pablo Larraín (guión); Nicolas Jaar (música); Sergio Armstrong (fotografía); Fábula (productora).

Estreno en cines el 26 de septiembre

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