Por José Luis Arredondo.

En una velada musical que el público asistente ovacionó largamente al término, la Orquesta Sinfónica Nacional de Chile junto al Coro Sinfónico, ofrecieron un gran programa dedicado al compositor alemán Richard Wagner.

Un hecho que se puede denominar como excepcional, ya que no es un compositor muy frecuente de encontrar en nuestra cartelera musical, y mucho menos en un programa dedicado exclusivamente a buena parte de su producción artística.

La partida la dió una vibrante y marcial interpretación de la obertura de la ópera “Rienzi”, momento que no logró opacar el público que entró a la sala ya iniciados sus primeros acordes. Aquí el maestro Saglimbeni, al frente de la orquesta, marcó lo que sería una constante en la velada, un sonido amplio, extenso, muy bien equilibrado en cada grupo instrumental y que a pesar de las condiciones acústicas del teatro, que no es en rigor una sala de conciertos, se dejó escuchar muy bien.

Con el ambiente ya impregnado de esta música poderosa, se dio paso a tres coros de «El Holandés Errante», aquí primó la fuerza de las voces masculinas, como los marineros que articulan y dan marco al sufrimiento del Holandés maldito, tanto como las voces femeninas, que acompañan el devenir de Senta, la joven destinada a romper esa maldición al entregarle su sincero amor y romper el hechizo que lo hace vagar por los mares eternamente. Un momento de Romanticismo en plenitud, en el que la orquesta hizo sentir la atormentada agitación que impregna la obra.

Luego irrumpió «Tannhauser» con el Coro de los Peregrinos. Ocasión en que brillan unas lacerantes cuerdas para acompañar la llegada de los penitentes que llegan a casa exhaustos luego del viaje a Roma a pedir el perdón del Papa por los pecados cometidos. Es un momento de éxtasis místico, que la orquesta y el coro abordaron muy bien, con fuerza y sentimiento, dejando flotar en el aire una sensación de recogimiento y también dolor y que fue el puente ideal para lo que seguía.

Porque el preludio del tercer acto y la marcha nupcial de «Lohengrin», están impregnadas de sentimiento religioso. El Caballero «Lohengrin», custodio del Santo Grial, defensor y protector de su amada Elsa de Bravante, la lleva al altar, sin sospechar que una insistente pregunta de ella quebrará la dicha prometida. «Lohengrin» es todo delicadeza, que se une muy bien al carácter heroico del protagonista. Y Saglimbeni extrajo belleza, fuerza y delicadeza de cuerdas y vientos (en notable equilibrio, que permitió apreciar los acordes del arpa sin que los vientos o maderas la taparan), que unidas al coro femenino, configuraron muy bien el instante escogido de la pieza.

Un salto en el tiempo hacia el final de la producción wagneriana y nos adentramos de lleno en la apabullante religiosidad de «Parsifal» (En rigor el padre de Lohengrin, lo que da pleno sentido al orden del programa), para asistir al sagrado ágape donde en Montsalvat se ofrece el cuerpo de cristo a la comunidad para la expiación de los pecados. Parsifal, que transita de ser un buen salvaje a un iluminado, encuentra aquí el sentido a su existencia. Es un momento breve, pero de gran intensidad mística, que nos llegó de forma grandiosa y solemne.

Para el final se reservó un fragmento de la ópera más festiva del genio alemán, «Los maestros cantores de Nuremberg», la «suite orquestal y apoteosis» resume muy bien el espíritu festivo y popular de la obra, tarnsita desde las íntimas cavilaciones del zapatero poeta y cantor Hans Sachs, hasta el vibrante final del concurso de canto, en donde triunfa el noble caballero von Stolzing, junto a su amada Eva. Un gran final apoteósico, con el coro y la orquesta a plenitud, vibrante y extasiado, que provocó una larga ovación por parte del público que se sintió arrebatado por ese gran momento musical.

Una velada redonda, a la que sin duda le faltó incluir fragmentos del «Anillo del nibelungo» y «Tristán e Isolda», dos magnas obras que reflejan de manera más clara y profunda el enorme aporte de Wagner a la historia de la música, pero cuya ausencia no opacaron el resultado de un gran programa musical.

Una vez más la Sinfónica junto al Coro demuestran la calidad y experiencia indiscutible que tienen para abordar producciones de esta envergadura.

Fotos: Patricio Melo.

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