Por Vicente González.

¿Qué tan podrido puede estar el ser humano? «El Hoyo» (The Platform), primera pelicula del cineasta vasco Galder Gaztelu-Urrutia y ganadora del Festival de Cine Fantástico de Sitges 2019, se ha convertido en poco tiempo en el hijo pródigo de Netflix y ha captado la atención de sus suscriptores, posicionándose actualmente como un buen panorama para soportar la cuarentena. No obstante, ¿Entrega lo que se prometió en ese emocionante tráiler? O más importante aún, ¿Nos entrega un discurso nuevo? 

Una plataforma repleta de comida baja por los pisos habitados cada uno por dos personas, quienes intentan sobrevivir mientras se alimentan de las sobras de sus vecinos superiores. Goreng (Iván Massagué) se despierta en su celda sin conocer la dinámica de ese infierno y con un objetivo bien claro, como es soportar su periodo de tiempo allí. Cada mes los inquilinos despiertan en otro nivel, el cual posee sus propias reglas. El hoyo funciona de una manera básica: Mientras más elevado estés, mejor; y si puedes sobrevivir un mes, nada garantiza que al siguiente te toque un piso elevado. 

En la primera escena de «El Hoyo» se plantea uno de los conflictos, la necesidad de la comida. La película le responde al protagonista de la misma manera que al espectador, exponiendo con diálogos y no con acciones rompiendo con la máxima del cine “muestra, no cuentes”. El drama es acompañado progresivamente con frases cada vez más rebuscadas con el fin de instalar un tono incierto y surrealista, que invita a la reflexión y aumenta la intriga. 

La película resplandece al mostrar cuan humanos son los personajes. Desde afeitarse frente al espejo, masturbarse mientras el otro duerme o simplemente al disfrutar una lectura. Son los otros momentos excesivamente humanos los que quedan en el inconsciente a la hora de dormir. Ejemplos de ello son las escenas de asesinatos o el repulsivo e impactante momento protagonizado por Baharat (Emilio Buale), quien recibe excremento en su cara al intentar subir de nivel, causando repulsión e impotencia. 

Goreng se ve obligado a expresar sus pulsiones humanas más básicas. Puesto que no había necesidad, en un principio él solo se limitaba a aprender de Trimagasi (Zorion Eguileor), pero al cambiar de nivel, Goreng se convierte en uno más de los reclusos y asesina a su primer compañero. Su relación con Imoguiri (Antonia San Juan) es distinta puesto que ahora ella representa la ingenuidad en la dupla y con ella nuestro protagonista encuentra el balance que lo lleva a ser incluso más humano.

«El Hoyo» ofrece aversión y fatiga. Su guion entrega una gran cantidad de frases para el bronce, pero con tal de hacerlo sacrifica una buena dosis de coherencia. Cargada de referencias y momentos muy bien logrados que generan una atención genuina, la película -sin embargo- entrega un mensaje que termina siendo tautológico y predecible.

Se trata de un mensaje sumamente importante pero que lamentablemente venimos escuchando por décadas, y en un hoyo repleto de bestias, ese mensaje no produce solidaridad ni un cambio espontáneo, porque simplemente ese cambio no llegará. Obvio.

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