Por José Luis Arredondo.

La primera escena de este documental revela el primer plano de una lápida, en un cementerio en el estado de Nueva York. En ella se lee el nombre de William Patrick Stuart Houston, pero en realidad el nombre que debiera estar escrito ahí es el de William Patrick Hitler (1911-1987), que no fue otro que el hijo de Alois Hitler, hermano del que fue el responsable de dos de los mayores horrores del siglo XX, la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto judío. Un apellido oprobioso, detestado, maldecido por la historia y símbolo de todo lo malo que puede concebir nuestra mente y espíritu.

Por eso había que ocultarlo, esconderlo, borrarlo como si fuera una mancha atroz, un signo de Caín que solo traería mala suerte y desprecio a quien lo llevara. Claro que no siempre fue así, porque hasta un poco antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial, William Patrick, que había nacido en Inglaterra, quizo acercarse a su tío con disímiles resultados.

En esta etapa hubo más desencuentros que encuentros en la Alemania nazi, así que el sobrino emigró con su madre, Brigid, a los Estados Unidos. Obviamente en ese país lamarse Hitler era un total despropósito, así que fue allí donde William Patrick dejó atrás su verdadero origen y adoptó el apellido del señor Stuart-Houston, un respetable ciudadano americano, que incluso formó parte de la Marina estadounidense. Lo que no deja de ser una gran paradoja, un Hitler en las filas aliadas luchando contra el nazismo.

“The Pact”, un documental estrenado el 2014 y disponible ahora en Netflix, repasa con detalles la vida de ese singular sobrino del Führer, desde su juventud hasta su muerte, y más, porque también nos enteramos qué pasó con sus hijos y como hizo esta familia, avecindada hasta nuestros días en los Estados Unidos, para vivir sin revelar su verdadera identidad.

A medida que avanza el metraje, sorprende la clara ambivalencia, ambigüedad y oportunismo que manifestó William Patrick durante gran parte de su vida. Durante el ascenso de su tío Adolf en la política y el poder, proclamaba su apellido a los cuatro vientos en Alemania, sobre todo cuando con ese apellido podía obtener algún beneficio. Luego, ya en Estados Unidos, y rotas las relaciones con el Führer, quiso borrar con el codo todo lo escrito y proclamar públicamente su total rechazo al nazimo.

Esta ambivalencia se hace más presente que nunca cuando nos enteramos que a uno de sus hijos (tuvo cuatro hombres, todos nacidos en Estados Unidos), le puso como nombre Alexander Adolf, quien era un señor ya de 65 años a la fecha de estreno de esta película y que ha vivido toda su vida con esa carga, saber que, más allá de lo legal, su verdadero nombre es Alexander Adolf Hitler, comerciante residente en Long Island, soltero y sin hijos.

El documental, dirigido por el cineasta franco-canadiense Emmanuel Amara, es muy generoso en material gráfico y audiovisual, y funciona como un verdadero árbol genealógico de los Hitler, desde inicios del siglo XX hasta la década del 80. Se trata de un seguimiento detectivesco a William Patrick y su simiente, que al tiempo que se reproducía, luchó y esforzó por ocultar su verdadera identidad. Una feroz y oscura mancha, que se puede ocultar tras otro nombre, pero nunca realmente borrar.

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